Esa mañana, disfrazado de superhéroe y con mi acordeón colgado del cuello esperé el Metro. Mientras los remolinos de aire caliente serpenteaban mi capa accedí nervioso al vagón de mi salvación. Cien ojos expectantes, cien muecas estupefactas y risas dormidas; ese era mi público. Empecé guasón tocando los “Pajaritos” para enmudecer de golpe y serio. Un instante de silencio para tomar aire y sentenciar solemne con voz de ultratumba: “Soy… Bat-man”. Cuchicheos carentes de compasión y yo expectante bajo mi máscara de plástico. En la Bat-taza ya empezaban a sonar las primeras monedas.
Sergi Cambrils
Sergi Cambrils