El fracaso a veces conduce a intrusas decisiones en el orden que la razón pretende imponer. Ante la pérdida de sus expectativas presentes y futuras -las pasadas se extraviaron entre calamidades- Frank Guddey se transformó en francotirador. Francisco Buendía, oriundo de México, mudó su nombre y apellido al inglés de la mejor manera que supo. Su experiencia con las armas se reducía a la vil muerte de algunos pajarillos con un rústico tirachinas en su infancia. Adquirió un rifle de asalto y una generosa dosis de munición con la facilidad de quien compra una lata de conserva; siguió las instrucciones para cargar el arma y ni siquiera intentó probar su eficacia. Se dirigió hacia el primer centro comercial que encontró y desde su propio coche apuntó y disparó a bulto hacia la maraña de personas que entraban o salían. El retroceso del rifle desplazó violentamente su cuerpo hasta el asiento del ocupante y todo el cargador se vació dentro del vehículo no quedando indemne un solo cristal de ventanilla. Frank, con su rostro desfigurado por el pánico y el hombro dolorido, salió con las manos en alto esperando que alguien esposara sus muñecas.
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