Había brotado, en medio del huerto, un imponente piano de cola. Ella lo acarició. Después, sus manos, poseídas por un ímpetu fogoso, comenzaron a tocar cada vez con más fuerza, conforme la pieza musical ganaba en ritmo y en intensidad. Sin apenas darse cuenta sus dedos se enraizaron, mezclándose confusamente con el teclado. Sus brazos se convirtieron en ramas, llenas de nudos. Su cabello, en hojas brillantes y sedosas que hicieron desaparecer su rostro. El resto de su cuerpo se fundió con la madera del piano formando un hermoso tronco retorcido. Él, al amanecer, quiso contarle su sueño y, al volverse para buscarla, sólo encontró su hueco en la cama.
Concha García Ros
Concha García Ros