Le llamaban Pep.
Con seis dioptrías por banda, viento en popa y a toda vela, abandonó el sumidero de las noches perdidas y de los llantos sin fondo, y abrió los brazos hasta donde sus dedos le permitían.
Fijó el rumbo que su corazón había decidido. Marcó las coordenadas sobre el mapa con firme presión, subió al puente de mando y, virando al este el timón de sus instintos, se hizo a la mar.
Por primera vez
Albada
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Con seis dioptrías por banda, viento en popa y a toda vela, abandonó el sumidero de las noches perdidas y de los llantos sin fondo, y abrió los brazos hasta donde sus dedos le permitían.
Fijó el rumbo que su corazón había decidido. Marcó las coordenadas sobre el mapa con firme presión, subió al puente de mando y, virando al este el timón de sus instintos, se hizo a la mar.
Por primera vez
Albada