miércoles, 17 de septiembre de 2014

Tras la batalla

Amanece en la ciudad.

Con ojos vidriosos contemplo incrédula las calles que ayer mismo lucían impolutas y ordenadas. Todo ha cambiado; una sola noche lo ha transformado todo.

Los parterres ayer cubiertos de hermosos pensamientos han sido pisoteados, bolas de serpentinas enredadas con vasos de plástico bailan al compás de la brisa de la aurora.

De cuando en vez sombras oscilantes atraviesan la calle; acá un diablo con el rabo entre las piernas, allá tres princesas de rimel corrido y acullá un drácula de un solo colmillo.

Yo me apresuro a regresar a casa intentando huir de la luz del sol que irremediablemente, mostrará la descarnada realidad; los despojos de la batalla.

Pronto saldrán las flotillas de limpieza que armadas de carros, mangueras y cepillos, lograrán que a la hora de la misa mayor, todo esté en su sitio.

Y justo en ese momento se producirá el cambio de turno; mientras el ejército de la noche duerme, las tropas diurnas, acicaladas para el vermú, tomaran las calles del centro.

Y así, la ciudad comenzará otra batalla, pero esa es ya otra historia.



desasosegada

3 comentarios:

  1. Anónimo18/9/14 0:59

    Vivimos en una cultura alcohólica y drogadicta, el que dude de esto que se informe debidamente, y no hay cosa más asquerosa que los restos de un botellón. Excelente relato, muy bueno.

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  2. Sí, la noche y el día alternándose en su eterna carrera. Como el trabajo y la holganza. Como el sueño y la vigilia. Como la vida y la muerte. Sabremos que siempre será así. Lo único que podemos, y debiéramos hacer quizá, es dejar adecentado el patio al turno siguiente.

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  3. El botellón dejan los ojos como platos y la certeza de que las plazas sufren cambios de turnos, como los obreros de las fábricas. Turno de mañana y niños, turno de tarde y patines y besos, y un turno de noche de miscelánea de sustancias y deseos por cumplir desaforadamente.

    Un gran beso.

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