Y por un tiempo, todo cuánto había a mi alrededor decidió caprichosamente en demorarse, casi, hasta llegar a detenerse, como gota de miel espesa tras inclinar la cucharilla, se desliza lenta, muy lentamente, se asoma al borde de ésta y se estira más y más, de repente, se detiene temerosa ¡Tal vez! por miedo a ser degustada, ¡Que sé yo! Y el hilillo vuelve por su peso a tensarse -cada vez más fino- Y saco la lengua con ansia, ¡Ya rompe! me digo ¡Ya tarda! suspiro, y yo, con la lengua en grácil movimiento, paralizando mi vista frente al hilillo dorado. ¡Ya lo consigo! me digo entusiasmado. Y por un instante -horrorizado- mis ojos la pierden de vista sin que mi lengua pueda sentir nada del dulce deseado, esperado, soñado. ¿Y que ha ocurrido? me digo enojado, mientras levanto la mano, y es en ese maldito momento cuando la gota de miel se estampa en el piso. Y la miro, y ella parece mirarme y el gato se relame. Y le miro, ¡Ahora tendré que comerte! le digo cabreado. Jamás vi saltar y correr a un gato tan alto, tan rápido.
Ramón María