domingo, 23 de junio de 2013

¿Pereza?

Despertó mi mente pero no el cuerpo. Esperaré paciente a que lo haga, sin estresarlo, pues según dicen los especialistas es malo para la salud y no soy nadie para contradecirlos.

Miguel Díaz Mirón Keusch

jueves, 20 de junio de 2013

Crónicas marcianas

El miedo es un sentimiento muy marciano. Por eso los habitantes de este planeta rojo vivimos en ciudades subterráneas. Cuando, hace tiempo, iniciamos nuestra exploración espacial, empezamos visitando al no muy lejano planeta azul. Desde nuestras naves vimos a sus habitantes matarse encarnizadamente en diversos lugares. Alarmados, decidimos olvidarnos de semejantes vecinos, pero poco después empezaron a llegar desde allí objetos no tripulados y percibimos que nuestro hogar estaba siendo observado y fotografiado. Espantados, decidimos excavar profundas galerías y vivir bajo la superficie. Nuestra esperanza es que, mientras nosotros nos armamos, ellos se convenzan de que en nuestro planeta no hay vida y, si deciden venir, lo hagan desprevenidos. Entonces conocerán un sentimiento que nos caracteriza aún más que el miedo, el sentimiento que ha hecho que nuestro planeta, que también un día fue azul, sea hoy un desierto rojo. Entonces conocerán nuestra cólera.

El Man co del Espanto

martes, 18 de junio de 2013

Nautilus Caribe Mix

La sirena cautiva vomita pulpos de siete patas en la taza del váter e intenta recolocarse las bragas antes de que Ulises, hooligan del sexo, pueda aprovecharse de ella si la ve en ese estado. Fuera, el resto de criaturas se mantiene en pie gracias al ron, las rayas de sal y las algas alucinógenas. La gorgona Medusa, con la lengua fuera, baila lasciva sobre la mesa, el malparido Leviatán macho, vil asesino, fuma la mejor hierba del abismo, el arponero Ned tambaleándose, juega a los dardos. A los mandos de la nave, atiborrado de pastillas, el mismísimo Capitán Nemo, con la música a tope, gira el timón directo hacia las rocas.

Montesinadas

Mi espejito mágico

Hay quien hereda una mansión en la Toscana. Yo no, mi familia es de otra categoría y me legó, por todo patrimonio, un espejo de mano.
Me hubiera encantado que fuera mágico y adivinador, pero por más que le pregunté: ¿espejito, espejito, quien es la más guapa de la clase? ¿qué caerá en la selectividad? ¿me echará los tejos Jorge?, el muy taimado, siempre contestó con un silencio cobarde.
 Pero el tiempo nos ha reconciliado y ha terminado convirtiéndolo en un compañero de viaje.
¡Imagínense! la misma superficie que vio como me colocaba un rizo rebelde el día de mi boda, me ha visto peinar canas. Me ha reflejado llorando de risa y de rabia y de pena y seguramente contemplará mi imagen el día que tire la toalla.
Hubiera preferido un soplo sobre los números premiados de la lotería, pero reconocerán conmigo, que obligarme a mirar de frente los cambios que en mí se van produciendo, también tiene su mérito.
 Y luego habrá quien diga que eso no es magia.

desasosegada

domingo, 16 de junio de 2013

El trovador urbano, la peluquera y el regalo sorpresa

Siempre había querido sorprenderla el día de su cumpleaños con algo especial, pero ya estaba todo inventado: flores, perfume, cena a la luz de las velas... Ese año se atrevería. A menudo, cuando pasaban por ese punto de la autovía, ella decía: "¡Qué romántico que alguien te declare su amor en un grafiti!". Había un paso elevado, y sobre el dintel, en letras garabateadas en negro, se leía: "Te kiero churri!". La ejecución premeditada de tan sublime acto le parecía digna de todo un héroe romántico. Se imaginaba cómo habría llegado allí, con el corazón agitado, a oscuras, en una noche de luna, por qué no. Entonces, sacaría su bote de spray y se colgaría de aquel puente decidido a firmar el manifiesto de amor más arrebatador de todos los tiempos. Al día siguiente, llevaría a pasear a "su churri" la peluquera en moto y, al pasar por allí, le diría: "Mira arriba". Ella se sonreiría y apretaría aún más contra el cuerpo de su valiente y romántico novi o. Y llegó la víspera. Compró un bote de spray, rojo pasión, se hizo con un arnés, esperó al anochecer: "Voy a por tabaco”. Y una vez allí, recordó que tenía miedo a las alturas. “Un fin de semana en un spa le gustará. Ya no somos unos niños".



martes, 11 de junio de 2013

UN VIAJE MÁGICO

Entusiasmado participaba del tan esperado espectáculo. Durante días se anunció la llegada de aquel magnifico hacedor de trucos imposibles. Miraba atento para ver como el mago ejecutaba su mejor ardid, cuando de pronto se detuvo y clavó su mirada felina en él. Él, que solo era un espectador más ¿Por qué él? Era tímido. No le gustaba para nada ser el centro de atención. Mujeres, niños, ancianos, maleantes y excombatientes volvieron sus rostros hacia él. Rostros con pieles de distintas tonalidades. Rostros que expresaban diferentes sentimientos. Algunos hubiesen querido ser él, el elegido; otros se persignaban agradecidos de no haber sido el blanco de la mirada de aquel hombre de rostro draculiano y ropa multicolor que llegó al pueblo en un viejo carromato en cuyo exterior podía leerse "UN VIAJE MÁGICO SIN RETORNO" Mucho tiempo después, cuando los niños que presenciaron esta desaparición peinaban canas, tuvieron conocimiento de lo que llamaban una leyenda urbana: El mago solo era un vil asesino, ávido de vísceras con las que comerciar. No lo sintieron por los hombres desaparecidos, se lamentaron porque se rió de su inocencia.

Mercedes Marín del Valle

El Truco Final

Ordenaron colocarle una venda en los ojos, lo amordazaron, le cubrieron la cabeza con un saco, lo esposaron y encadenaron todo su cuerpo. Finalmente, lo introdujeron en un baúl y cerraron todo con candados. La bellísima ayudante me eligió entre el público y me indicó que subiera al cofre. Levantaron una cortina que me ocultaba a la vista de los espectadores y segundos después, oí la voz del escapista y la ovación del público. Yo quería aplaudir, pero no podía moverme, tenía la boca tapada, sentía todos mis miembros atrapados con grilletes, me faltaba el aire y no veía nada. Algo no iba bien.

Manuel Montesinos

Mi vida, como gota de miel para el gato.

Y por un tiempo, todo cuánto había a mi alrededor decidió caprichosamente en demorarse, casi, hasta llegar a detenerse, como gota de miel espesa tras inclinar la cucharilla, se desliza lenta, muy lentamente, se asoma al borde de ésta y se estira más y más, de repente, se detiene temerosa ¡Tal vez! por miedo a ser degustada, ¡Que sé yo! Y el hilillo vuelve por su peso a tensarse -cada vez más fino- Y saco la lengua con ansia, ¡Ya rompe! me digo ¡Ya tarda! suspiro, y yo, con la lengua en grácil movimiento, paralizando mi vista frente al hilillo dorado. ¡Ya lo consigo! me digo entusiasmado. Y por un instante -horrorizado- mis ojos la pierden de vista sin que mi lengua pueda sentir nada del dulce deseado, esperado, soñado. ¿Y que ha ocurrido? me digo enojado, mientras levanto la mano, y es en ese maldito momento cuando la gota de miel se estampa en el piso. Y la miro, y ella parece mirarme y el gato se relame. Y le miro, ¡Ahora tendré que comerte! le digo cabreado. Jamás vi saltar y correr a un gato tan alto, tan rápido.

Ramón María

domingo, 9 de junio de 2013

BIZCOCHO MARINERO

Un golpe de aire seco mezcló la harina con la brisa de primavera. Sor Catalina que apenas veía, retiró sus lentes y dejó caer unas lágrimas sobre la masa del bizcocho. No quería defraudar a las Hermanas, que esperaban el momento de deleitarse con sus pasteles, de los que decían que evocaban un paisaje marino. La primera vez lloró de verdad cuando sintió la soledad como un látigo cruel sobre sus famélicos huesos.

Mercedes Marín del Valle

Preferentes

Nada sospeché cuando mi agente de viajes me pasó a la trastienda y me ofreció viajar por el tiempo. “Es un paquete especial, sólo para clientes preferentes”, dijo. Me escamó la palabra “preferentes”, pero me sedujo el atractivo de aquella oferta extraordinaria. “Apenas tiene riesgo y ofrece un gran interés”, añadió. Después explicó que dicho viaje no se hacía por transporte normal, sino por vía química. Bastante lógico, pensé. Firmé los papeles, pagué, y el día señalado me presenté en la agencia donde, nuevamente en la trastienda, mi agente me informó de cómo se administraba el fármaco: “Yo mismo le pondré el supositorio, no le dolerá”. Pero a la hora de la verdad noté como si me partieran en dos. Miré hacia atrás desencajado y vi a mi agente con el pantalón bajado y los ojos en blanco. “Disfruta del paquete, cariño. ¿No notas su enorme interés?”

El Manco del Espanto