martes, 8 de julio de 2014

¿Internet?

Esta es la historia de una familia normal, un matrimonio, un niño y un viejo anciano que vive pendiente de no tropezar con ningun juguete de su nieto para no volverse a romper la cadera.

Como en toda familia normal, todos los miembros comen juntos, por supuesto también en los días festivos.

Pues el relato de hoy ocurrió uno de esos días festivos, concretamente en el octogésimo-octavo aniversario del viejo. Una vez ya se había empachado de tarta de tiramisú, una de sus favoritas, llegaba el turno de los regalos.

El pobre viejo no esperaba nada, pero le sorprendieron cuando sacaron una caja envuelta con un papel azul que relucía más que los rayos del caluroso sol de aquel día.

Pero si la sorpresa no fuera poca, descubrió que dentro de la caja había un ordenador. Si el hombre nunca había usado nada parecido, ¿qué uso le daría a semejante artilugio?. Por ello le preguntó a su nieto para que servía un ordenador; cuando le respondió que se p odía utilizar para navegar por Internet, el viejo preguntó...

¿Internet?

Cristóbal Gallego

Los ojos de Sasha

En el cénit de la tormenta el casco del carguero se desgarró contra el arrecife. El muchacho despertó a media mañana desnudo y varado en la playa. Había sido el único superviviente.

Se vio rodeado de una panda de gorilas jóvenes. La isla estaba llena de gorilas. Y a él le enseñaron a ser uno más. A saltar, a jugar, a correr, a reír, entre los cocoteros. Había una muchacha, él lo diría así, que se llamaba Sasha…

Unos años más tarde vino otro barco y volvieron a vestirlo con zapatos. Y los gorilas llenaron los zoos de medio mundo

Hoy, con la vida ya vencida, en frente de los barrotes, mira a la nieta (¿por qué no?) de Sasha en la jaula del zoo.

Sabe que le llaman el loco de los gorilas, porque siempre está allí mirando. Cuenta a todo el mundo su historia.

Pero nadie lo cree. Y llegan a sus espaldas esos falsos comentarios: “Yo lo conozco, es un desgraciado. No sabe ni nadar. Anduvo de orfanato en orfanato. Y, luego, gastó su v ida descargando barcos en el puerto. Se casó con una víbora que lo exprimió y, con el divorcio, lo dejó escurrido. Como un bacalao al sol”.

Cuando arrecia la tristeza él va al zoo. Y mira a Sasha a los ojos. Y puede ver en ellos el mundo que una vez, cuando era un niño y tenía toda la vida por delante, soñó.



Francisco Rodríguez Tejedor

domingo, 6 de julio de 2014

Ensalada de verano

Bajo la piel seguían latiendo aquellas frases. En los oídos seguían sonando las mágicas melodías. El verano regresaba con su acompasado ritmo de toldos a rayas, y cañas frescas a media voz.

Ellos, que se conocieron sin conocerse nunca, regresaban cada Julio y Agosto al bar de los relatos breves, donde en unas vacaciones compartieran tinta y complicidades, sueños y despertares.

Y es que ellos, los locos de las palabras por hilvanar, los taraditos adictos a dibujar símbolos que podían leerse, nunca partían del todo cuando regresaban a sus quehaceres.

Ignoraban que dejaban jirones de ellos mismos en los párrafos que desgranaban en el bochorno canicular.

Porque, sin darse cuenta, la epidermis recibía el sol de las lecturas compartidas, como una ensalada de verano. Fresca, y siempre por querer volver a degustar.



Albada

UN HOMBRE EN LA CALLE

Un hombre iba por la calle. Caminando por la acera. Llegó al semáforo, justo cuando se ponía verde para los peatones. Pero él no cruzó.

Lo vieron tocarse el pecho un momento y luego agarrarse a la farola. Hasta que de repente cayó de bruces, medio cuerpo en el carril bus y otro medio en la concurrida acera.

Hubo una inicial sorpresa. Como si el mundo de repente se parara.

Los de la acera hicieron un corro rodeándolo un tanto estupefactos, mientras fijaban firmemente sus pies en el suelo, para aguantar las acometidas de los de detrás, que querían saber lo que pasaba.

El autobús frenó unos metros antes de su cuerpo. Y el conductor y los de delante esperaron, ansiosos, que el camino se despejara. Los de detrás , que son lo que mas prisa tienen siempre, empezaron a increpar al conductor al momento.

Alguien pensó que estaban rodando una película. O un reality show. Y rápidamente sacó su móvil. E hizo una foto. A los pocos segundos ya est aba en Twitter y en Facebook. Pero no una vez, decenas. Puesto que todos los espectadores habían hecho lo mismo

Pero no era una película. El actor no se levantaba. Y solo hacía falta verle la media cara que enseñaba, con la boca abierta y los ojos extraviados para intuir que estaba muerto. O medio muerto.

Entonces todos, al unísono, llamaron al 112. Eran tantos que se bloqueó la línea por unos minutos. Por fin, después de pedirles mil detalles enviaron al Samur.

Mientras tanto alguien pretendió acercarse. Todos lo miraron como a un loco. Inclusive él mismo retrocedió recordando los líos que tuvo la última vez que socorrió a un motorista tendido en la carretera. Papeleos, juicios y hasta amenazas del propio accidentado, para que no declarara que iba sin casco.

Así que llegó el Samur y nada pudo hacer ya. Tal vez si alguien le hubiera dado la vuelta al menos, hubiera aguantado respirando unos minutos.

El autobús volvió a arrancar y la gente de la acera se miraron unos a otros felices. A ellos no les había tocado. Por lo menos esta vez.



Francisco Rodríguez Tejedor

sábado, 5 de julio de 2014

EL SITIO DONDE NACI

Hace varios años que no escribo en este blog. Tan especial para mí. Fue una etapa importantísima y única. Una fuente inagotable de experiencias. Que tuvo su tiempo. Aquel tiempo que fue suyo y de nadie más. Luego, mi blog, Facebook y mis textos largos me acabaron alejando.

Pero nunca he olvidado este sitio ni a los escritores pioneros que lo iniciamos. Aquí anuncié la publicación de mi primera novela: “El día que fuimos dioses” porque entonces todavía escribía con asiduidad en él.

Y hoy vuelvo a este blog, por una parte porque muchos de aquellos microrelatos que yo escribía fueron seleccionados por mi editorial para una antología amorosa: “Los mejores 101 momentos de amor”, que se publicó a finales del pasado año y recientemente como e-book. Los que lo han leído habrán comprobado que cito y agradezco por sus nombres a todos aquellos escritores de 280 que me ayudaron con sus estrellas y comentarios entonces.

Y por otra, y más impo rtante, vuelvo porque hoy me ha inundado una ola inmensa, un tsunami de nostalgia, que me ha traído hasta aquí.

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Francisco Rodríguez Tejedor.

viernes, 4 de julio de 2014

El Blues de la Ciudad Abrasada

El viejo del traje negro parecía estar en las últimas, pero bailaba bien, con chulería de bluesman alcohólico. Me gustaba cómo sonaban sus zapatos sobre el asfalto caliente. Mi ciudad, esa puta cara, sonreía y me mostraba sus encantos. Olía a piel de mujer acariciada por un sol perezoso, lúbrico. Y todo era gratis. De pronto, me di de bruces con él. Sentado en una vieja silla de ruedas, aferrado a un micrófono conectado a un magnetófono destrozado. Cantaba, intentaba cantar. Cerré los ojos, pidiendo que parara, por favor. Su alma supuraba y el aire se pudrió de golpe, la tregua acabó, y él era joven, sólo nos separaba un golpe de mala fortuna, un mal nacimiento, una mala caída. La puerca mala suerte. Cuando volví a mirar él callaba, fatigado, y una puta vieja y devastada desafinaba al micro. Seguí caminando, y ya nada era gratis, y el sol sólo un jodido disco molesto y abrasador en el cielo.

Hank66

El voyeur

Blanca cabalgaba sobre mí en el asiento trasero de mi coche, estacionado discretamente en un descampado. Su pelo caía alrededor de mi cara, impidiéndome ver cualquier cosa que no fuera su mirada ardiente y su boca entreabierta de placer. Atisbé al hombre a través de su melena sedosa. Estaba parado junto a la ventanilla, su mano derecha perdida en su entrepierna. Me extrañó su expresión, triste y melancólica. Lo miré con rabia y sorpresa. Blanca también lo vio, y con un leve gesto congeló mi reacción. Su cuerpo febril pareció recargarse de lujuria, y acabamos al mismo tiempo. El hombre lloraba mientras Blanca lo miraba jadeante. Hoy, un año después, he vuelto al descampado. Me he acercado al coche y he espiado a la pareja que fornicaba con furia en el asiento trasero. Pegando la cara al cristal, he tenido el orgasmo más triste de mi vida, justo cuando Blanca ha clavado en mí sus ojos llenos de salvaje obscenidad.

Hank66

viernes, 27 de junio de 2014

¡Cuando pienses, dispara...!

Cuando el tiempo jugó a disfrazarse de miedo, robó nuestros mejores años. Aquellos que nunca vuelven. Pertrechados en excusas, dimos la espalda a todo lo que nos construye.

En las esperas, erigimos una vida entre los rescoldos que siempre perduran. Todo había cambiado.

Sobre las ruinas de lo que pudo haber sido, quedó la supervivencia como única excusa ante todas las miradas que nunca obtuvieron respuesta.

21

El don de ser inoportuno

La noche dejó un cadáver en el malecón. De hecho, lo sorprendente para ellos, fue el hecho de que arrancando un hilo oscuro del pantalón, quedase el cuerpo casi desnudo. Pretendían apartarlo de delante del coche.

la bajo la luna brilló la imagen pétrea de un striper, cerca del noray del yate de veintiún pies.

Luis y Susana tiraron de un cabo, que les acercó la nave, baja y rápida. Sacaron el resto del alijo. Mirando de reojo el muñeco roto.

No habían calculado que un tipo musculoso les descubriese en su trabajo nocturno, ni que el sujeto descamisado quisiera hacerse el héroe.

Posteriormente se les pudo ver guardando la cadena de hierro y el alijo en maletero de un Audi, y arrancar despacio sobre la grava.

Les vi partir hacia la ciudad, dejando un monigote con taparrabos, una botella de ron casi vacía, y una camisa nadando en las aguas tornasoladas del mar del pequeño puerto.

En mitad de la noche, alguien había estado en lugar menos oportuno.

Albada

miércoles, 18 de junio de 2014

Asida por pescador.

Hablaba con los corales cuando algo me aguijoneó de repente. Sentí cómo el dolor se adentraba en la piel de mi cabeza.Hice el gesto de arrancar lo que fuese, pero mi larga cabellera me impedía deshacer los nudos, por desasirme del garfio diminuto incrustado.

Alguien empezó a tirar del hilo. Hurgué entre mi pelo. La fuerza del otro lado, contrarrestaba mi avance hacia una roca en alta mar. Mis manos se rasgaron contra el sedal, en un vano intento por despertar. La guerra por liberarme me extenuaba. Y me rendí.

Antes de dejar de respirar, exhausta y chorreando rabia y agua, con lágrimas que no podrán distinguir, alcancé a escuchar cómo decía alguien en la playa –“!vean! es una sirena, llamen a la televisión”.

Eso que ahora ven en el acuario, alguna vez fui yo.

Albada