viernes, 5 de septiembre de 2014

Prontito.

Ahora que es inminente su llegada, tiemblo.

Tiemblo y dudo pensando lo que dejaré y deshojando lo que encontraré.

Y recuerdo sus manos y deseo tenerlo.

Recuerdo sus palabras y quiero tenerlas cerca.

Pero donde guardaré mis días sin hacer nada, donde mi pelo al viento, donde mis sueños de niña en un cuerpo de adulta.

Muchos donde y muchos caminos por andar.

lenita

jueves, 4 de septiembre de 2014

Vencido

La batalla, liberada del orden de estrategias iniciales, aumentó su violencia hasta alcanzar la visceralidad que anuncia un final sin prisioneros. Mi ejército, dirigido con mano inexperta, menguaba acelerado hasta el punto de ser incapaz de reprimir las embestidas enemigas. Y yo, obligado a recular con movimientos torpes, buscaba una escapatoria imposible.



Por fin, arrinconado y solo, fui derrotado por la reina negra que, con un golpe de cadera, hizo rodar sobre el tablero mi cuerpo de marfil.



Miguel A Algarra (relatos en minúsculas)

martes, 2 de septiembre de 2014

CUENTO CLÁSICO REVISADO BAJO LA LUZ DE LA MODERNIDAD

Primero fue la amenaza de cárcel tras besar al sapo. El argumento de que podía ser su príncipe no le sirvió de nada. El funcionario le advirtió, ensayando una exagerada cara de asco, que se jugaba la libertad si volvía a tocar esa especie protegida. “Son las leyes, son las leyes”. Después la imposibilidad de encontrar perdices; lo más parecido que halló era un sucedáneo deconstruido envasado en jugo de arándanos. También fue heroico saltar las cercas pinchosas que partían el monte en trozos, bajo, otra vez, la amenaza de cárcel por invadir una propiedad privada. Pero esquivó las dificultades (se hizo grande con ellas) y fue al lugar donde su amado debía esperarla, ya transformado en humano. El halcón mensajero había entregado unas instrucciones muy claras. Nada podía fallar. Ella deseaba besarlo sin prisa, con el resplandor de la luna reflejado en sus ojos. Sin embargo, al llegar, resopló de rabia, colocó los brazos en jarra y, mirando el firmamento, comprendió que no iba a ser posible: una impenetrable nube de polución lo encapotaba todo.

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Don Quijote en la biblioteca

Alonso Quijano, el célebre don Quijote, harto de permanecer oculto entre las páginas amarillentas de uno de los viejos volúmenes de una antigua biblioteca, aprovechando la soledad y el silencio de la noche y cerciorándose antes de que Sancho estaba sumergido en un profundo sueño, decidió salir en busca de nuevas aventuras y abandonar por unas horas su particular universo de papel.

La tarea no resultó sencilla, ya que, en previsión de lo que pudiese acontecer, se empeñó en llevar consigo la oxidada armadura y una de sus lanzas.

Gracias a la luz de la luna que iluminaba parcialmente la estancia, pudo observar que se hallaba rodeado de libros y lleno de júbilo se propuso encontrar alguna novela de caballería. Ayudado por su lanza a modo de pértiga, fue descolgándose por los estantes hasta topar con un libro nuevo y reluciente cuyo título llamó poderosamente su atención: “Los hombres que no amaban a las mujeres”. ¿Cómo serían aquellos hombres e n cuyo corazón no había sitio para ninguna Dulcinea? Tal vez necesitaban consejo de un noble caballero como él. Sin pensarlo un instante, se coló dentro. Quizás la mayor aventura todavía le estaba esperando.



Juana Mª Igarreta

jueves, 28 de agosto de 2014

La maleta (II)

Como en todos los cumpleaños, los recuerdos, formaban una parte indivisible con la realidad más cotidiana. Una memoria profunda como la suya, tiene la particularidad de que te puedes tirar y bucear en fondos abisales, repletos de imágenes semi-borradas, pero que ahí están; impertérritas al paso de los años, inmunes a la presión de océanos de olvidos.

A lo lejos, en lo más profundo, divisó una maleta: conocida, pero que no ubicaba perfectamente en el espacio-tiempo. Estaba cerrada, con llave, y claramente alguna vez había sido suya. Tenía en los lomos pegatinas de otros lugares, de fronteras conocidas, de otros países que su juventud hubiera resuelto sin esfuerzo. Fue a tocarla, cuando asustada, se percató que esta se movía. No podía ser. Un recuerdo es consciente, no puede tomar iniciativa...

Con poco oxígeno con el que resolver, intentó ubicar el objeto rebelde y no pudo sin más, que abandonar el recuerdo sin resolver de qué o quién se trataba . De todas formas era imposible que su amigo estuviera vivo tantos años dentro de aquella maleta, en donde una vez intentó meterlo para que formara parte de su vida.

Los niños tenían hambre y su hombre la miraba sonriendo como aquél que no tiene ni la más mínima sospecha de que una maleta vieja pudiera abrirse sola, sin la llave que una vez su dueña tiró al fondo del rincón más oscuro y olvidado que existe.

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La maleta (I)

Al despertar, abrió los ojos lentamente, como el que quiere despedirse poco a poco del mundo de los sueños y enfrentarse armado a un nueva jornada. Y es que no era un día más, era su aniversario, su cumpleaños. Una fecha marcada de diferente color en la agenda, dependiendo de su estado de ánimo, o mejor, de aquello en lo que su mente divagara.

Su vida estaba más o menos estabilizada. Tras varios volantazos en los últimos años, por fin, otra vez se sentía en el rumbo elegido. Las risas de unos niños felices, un hombre libre durmiendo en su cama... un paisaje idílico construido en cada minuto que la vida le había cedido a golpe del esfuerzo medido.

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miércoles, 27 de agosto de 2014

Pasando de historias

En cuanto sus padres salieron de casa, Andrés abandonó apresurado su habitación dejando plantados a Luis, María Antonieta y los demás. Recorrió el pasillo como una liebre acosada y, ya en el comedor, se lanzó en plancha sobre el parqué encerado para darle al play con la punta de su juguetón pulgar.

Y es que, por mucho que el examen fuera mañana mismo, para él era más importante disfrutar de un buen partido del Fifa que conocer las causas y consecuencias de la dichosa Revolución francesa.



Miguel A Algarra (relatos en minúsculas)

jueves, 21 de agosto de 2014

La siesta; placer de dioses

“Y al séptimo día descansó” asegura el Génesis.

¿Pero que creen? ¿Qué en los seis anteriores no se tomó ni un momento de reposo?

Seguro que después de trabajar duramente para encontrar un azul irresistible para el mar o para pintar un ojo de agua en cada pluma del pavo real, tuvo que pararse y descansar.

Fijo que eligió para ello una nube blanca y esponjosa en la que reposar sus cansados huesos.

Tal vez buscase para relajarse  un sitio bien ventilado en el que una leve brisa meciera sus cabellos… y así, en un placentero duermevela, soñando con una planta que produjera higos o con la  linea para la cintura de la mujer, perdería dulcemente la consciencia.

Las campanadas del reloj de la plaza me desploman bruscamente sobre el mundo de los mortales y dejo que Yahveh siga con sus “afanes” mientras yo me incorporo a los míos, eso sí, me siento como dios después de una siesta divina.



desasosegada

lunes, 18 de agosto de 2014

Divina luz

Creó, sin dificultades, cadenas montañosas y ríos caudalosos; desiertos secos y azules mares. No encontró problemas para poblar la tierra de animales y plantas. De un soplido, dotó de vida a las aves que surcan los cielos; y un gesto suyo fue suficiente para llenar de peces los océanos.

Sin embargo, cuando le pedimos iluminar el mundo, surgió el dilema. Y, tras comparar las distintas opciones, tan abusivas le parecieron las tarifas que, en un último alarde de generosidad, nos obsequió con el fuego.



Miguel A Algarra (relatos en minúsculas)

lunes, 11 de agosto de 2014

Otros agostos

Como los campos de fútbol sin fútbol o las cajas de bombones sin bombones, mi parking desnudo de coches, produce desasosiego.

A media luz camino entre las desoladas columnas esquivando algún que otro vehículo que parece abandonado en medio de la nada. Allí, al fondo, el mío hace un guiño de complicidad, como si fuese un perrillo que huele el paseo.

Las calles no son las mismas en verano, ni su ritmo, ni su luz. Reverbera el sol en el asfalto como si exigiera un pavimento menos brutal contra el que estrellarse.

¿Y el ruido? ¿Qué me dicen ustedes de la voz de las ciudades? Esa potente y bronca voz formada por tráfico, risas de los niños y sirenas de las ambulancias se vuelve ahora un susurro y se oyen los pájaros, se lo juro, si ponen atención pueden oír los trinos estivales de los pajarillos urbanos.

En fin, late la vida con sordina en agosto y los que aquí estamos, a caballo entre oficina y piscina, esperamos que disfruten de sus v acaciones, para que a la vuelta, que siempre hay una vuelta… no se olviden, podamos dejarles el timón de la nave y marcharnos a disfrutar de nuestro tardío descanso.



desasosegada