Por última vez, acaricio el agua con la mano, mientras la chalupa, empujada con cadencia de remos marineros, sortea fatigada la espesa noche. La carga es densa y voluminosa como duelo de muerte, antigua e irreconocible como un primer amor. Amortiguado por la niebla, el incierto tañido de la campana preludia un silencio absoluto, que abate todo aliento. Los remos, mis latidos, cesan por completo, mientras miro sin ver, deseo sin sentir, y me deslizo hacia la anhelada luz abisal con toda mi carga.
tallaets
Has logrado transmitirme la incertidumbre de la ceguera que nos produce la niebla.
ResponderEliminarGracias por tu comentario, marga.
EliminarBuen texto.
ResponderEliminarUn saludo.
Gracias, albada.
EliminarEvocador, misterioso, consigues transmitir la sensación pegajosa y densa de la niebla, el amortiguado tañido de la campana... me gusta mucho. Enhorabuena.
ResponderEliminarMuchas gracias, Andrés. Un saludo.
EliminarIrremediablemente se trata de una acción sin retorno. El título y las continuas referencias a todo lo que se pierde cuando uno finaliza su andadura. Relato perfectamente aderezado con palabras que dibujan imágenes cargadas estas de simbolismo.
ResponderEliminarSaludos Tallaets. Un fuerte abrazo.
Una muy exacta interpretación. Muchas gracias por tu comentario, 21. Un abrazo.
EliminarLo he leído con el aliento contenido. Una bella e inquietante recreación de la atmósfera; oía los remos, arrugaba el ceño fijando la mirada para ver más allá de la niebla y salté hacia el infinito.
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