-Este gordo ocupa mucho lugar, habrá que cortarlo en trocitos -se dijo al intentar meter el voluminoso cuerpo en una maleta. Se disponía a proceder, serrucho en mano, cuando oyó golpes. Presuroso corrió la cortina de la bañera donde reposaba fláccidamente el muerto y, dando un repaso a la habitación, se encaminó hacia la puerta que, a esas alturas, ya era aporreada con fuerza. Al abrir se encontró con un disparo del asesino, enfurecido porque no había acabado de limpiar el trabajo a tiempo. Lo acompañaba un nuevo ayudante. Este debía deshacerse rápidamente de esos dos cuerpos si no quería ser el tercero.
Saryle