Abandonada e inerte, con la bata entreabierta mostrando su cuerpo desnudo, Inés yace sobre el sofá sin signos perceptibles de vida. Pero es pura apariencia. En realidad permanece alerta, con la respiración contenida. A su lado, rodilla en tierra, Juan la contempla extasiado y absorto.
Juan, el maduro y enigmático vecino que despertó en ella una pasión desmedida, sin límites ni esperanza. Que opuso siempre a sus avances e insinuaciones una cortés e inexpugnable indiferencia. Juan, que nunca sospechó la tenacidad que puede alcanzar una pasión verdadera. Una pasión capaz de velar día y noche, de indagar, de fatigar legajos y archivos. De llegar a descubrir una antigua condena por el delito de necrofilia.
Una pasión capaz de empujarla a tomar el teléfono y exclamar: “¡Juan, venga rápido a mi apartamento, he tomado varios tubos de pastillas, me estoy muriendo!”.
Juan, cuyas manos temblorosas vencen vacilaciones y avanzan.
El Manco de l Espanto
Juan, el maduro y enigmático vecino que despertó en ella una pasión desmedida, sin límites ni esperanza. Que opuso siempre a sus avances e insinuaciones una cortés e inexpugnable indiferencia. Juan, que nunca sospechó la tenacidad que puede alcanzar una pasión verdadera. Una pasión capaz de velar día y noche, de indagar, de fatigar legajos y archivos. De llegar a descubrir una antigua condena por el delito de necrofilia.
Una pasión capaz de empujarla a tomar el teléfono y exclamar: “¡Juan, venga rápido a mi apartamento, he tomado varios tubos de pastillas, me estoy muriendo!”.
Juan, cuyas manos temblorosas vencen vacilaciones y avanzan.
El Manco de l Espanto