Espacio de creación de microrrelatos,
cuentos cortos y otras formas de
literatura breve, al acceso de cualquiera.
viernes, 19 de febrero de 2016
Un cuento en sepia
Hubo otro tipo de inviernos, los del ayer, de pies fríos y colores sepia.
Yo era una modistilla de poca monta que llegaba a fin de mes a duras penas a base de subir bajos, volver abrigos y reconvertir prendas.
Pero todos tenemos un sueño, el mío era una radio. Bueno no, no una radio, sino aquella radio que admiraba cada tarde con la nariz pegada al escaparate.
En ella podría oír seriales, noticias, incluso… bailar. No volvería a sentirme sóla porque formaría parte de un gran club, el de los “oyentes”.
En nochebuena ya había conseguido reunir el dinero para comprarla, pero ni un real más ¡Qué difícil decisión! Podía comprarme la tan ansiada radio o el billete de autobús para ir al pueblo y pasar las navidades con los míos.
Cené sola, escuchando la programación navideña y dejando que unos gruesos lagrimones cayeran sobre los huevos fritos.
¡Eran otros tiempos!
desasosegada
viernes, 12 de febrero de 2016
Extraños en un tren
Son las 7,39, oigo rebufar el metro dentro del túnel y respiro aliviada.
Tengo seis minutos, exactamente seis, hasta la próxima parada, pero muchísimo que hacer.
Cuando el enorme gusano se asoma a Argüelles saco mis pinturas y aprovechando la luz el sol me extiendo el rimel.
En dos minutos vuelve a hundirse, entonces me coloco los pendientes y el fular y aún me queda tiempo para cepillarme el pelo.
Un vaivén algo brusco anuncia la llegada a la estación… contengo el aliento y espero.
Las puertas se abren y espero.
La gente entra en tropel y espero…
- ”Pero ¿donde demonios estás?”
Entonces te veo bajar las escaleras en tromba: “Corre por dios, corre… hoy no puedes perderlo. No puedo esperar ni un día más para decirte que las 7,45 son el momento clave de mi día, que me he acostumbrado a colocarme a tu lado y rozarte al ritmo de las curvas y no concibo hecho más erótico, que me he enamorado de un desconocido co mo una loca, como una niña, como una idiota”
Ajenas a mi angustia las puertas del tren se cierran y te dejan, corriendo aún en el anden, con los brazos abiertos, como clamando al cielo.
El metro reanuda su pesada marcha, mientras yo parpadeo con mis pestañas recién pintadas
desasosegada
Tengo seis minutos, exactamente seis, hasta la próxima parada, pero muchísimo que hacer.
Cuando el enorme gusano se asoma a Argüelles saco mis pinturas y aprovechando la luz el sol me extiendo el rimel.
En dos minutos vuelve a hundirse, entonces me coloco los pendientes y el fular y aún me queda tiempo para cepillarme el pelo.
Un vaivén algo brusco anuncia la llegada a la estación… contengo el aliento y espero.
Las puertas se abren y espero.
La gente entra en tropel y espero…
- ”Pero ¿donde demonios estás?”
Entonces te veo bajar las escaleras en tromba: “Corre por dios, corre… hoy no puedes perderlo. No puedo esperar ni un día más para decirte que las 7,45 son el momento clave de mi día, que me he acostumbrado a colocarme a tu lado y rozarte al ritmo de las curvas y no concibo hecho más erótico, que me he enamorado de un desconocido co mo una loca, como una niña, como una idiota”
Ajenas a mi angustia las puertas del tren se cierran y te dejan, corriendo aún en el anden, con los brazos abiertos, como clamando al cielo.
El metro reanuda su pesada marcha, mientras yo parpadeo con mis pestañas recién pintadas
desasosegada
martes, 2 de febrero de 2016
Espero que te gusten los insectos
Ha dejado la margarita calva de tanto deshojarla, «me llama, no me llama», y se siente nervioso como un mosquito en medio de un vendaval, confundiendo su estómago con una bolsa repleta de mariposas. Todo comenzó cuando sus amigos le confiaron entre risas: «Le llaman la mantis». Entonces, su cerebro de mosquito se hinchó hasta el tamaño de un escarabajo pelotero para albergar la posibilidad de sexo. Sin pensárselo, corrió hasta la chica alta y feúcha para darle su número y ella lo aceptó escudriñándole desde arriba, miope y burlona: «Me gustan los insectos. Te llamaré». «Cuando quieras», tartajeó él, sumiso, irremediablemente enganchado a su tela de araña. Y «cuando quieras» es ahora: el móvil comienza a vibrar como un abejorro encerrado en su mano. Descuelga triunfal, anticipando una cita con ella, viéndose ya agarrado a su talle de avispa, izándose sobre las puntillas para susurrarle cositas picantes al oído (cochinilla). Se lleva el móvil a la oreja donde su voz sensual de mantis juguetona es un insinuante aleteo de mosca: «Ya sabes, me gustan los insectos» y él adivina por qué le llaman la mantis cuando añade eufórica: «En el terrario a las siete, ¿vale?»
La lengua salvada (Mikel Aboitiz)
La lengua salvada (Mikel Aboitiz)
miércoles, 20 de enero de 2016
Las cosas claras
Dice mi madre que soy una maniática, bueno lo dice mi madre, mis alumnos, mi novio y hasta el pájaro cuando le cambio el alpiste a las 7:30, exactamente, a las 7,30 de cada mañana.
Pero yo discrepo ellos, lo que ocurre es que soy una persona a la que no le gustan los cambios.
Me encanta desayunar un café con seis galletas María. Seis, exactamente seis, porque con cuatro me quedo con hambre y con ocho empachada ¿qué le voy a hacer?
Adoro sentarme frente al monasterio abandonado y verle recortarse a la luz de la media tarde, no por la mañana con el sol en los ojos, ni a medio día al borde de la insolación, no, me gusta justo a media tarde.
Bueno, pues eso me pasa con todo.
Hoy, por ejemplo, ha sido un día azaroso para mí
He llegado a clase y los niños me han dado un ramo de flores ¡a quién se le ocurre!, como es natural me he emocionado y ya no he dado pie con bolo en toda la clase.
Luego, en el almuerzo, una compañera me h a dado, sin previo aviso, dos besos en pleno patio… un apuro terrible.
Incluso mi novio parecía dispuesto a darme el día y se ha presentado a buscarme al trabajo, cosa que no había hecho jamás y claro, yo…unos nervios.
Por suerte cuando más desconcertada estaba, ha llamado mi madre para felicitarme. En ese momento he colocado en mi cabeza la plantilla de “cumpleaños” y todo ha encajado.
El resto del día ha sido previsible y perfecto.
Pero, vamos, maniática no soy, más bien, digamos, organizada.
desasosegada
Pero yo discrepo ellos, lo que ocurre es que soy una persona a la que no le gustan los cambios.
Me encanta desayunar un café con seis galletas María. Seis, exactamente seis, porque con cuatro me quedo con hambre y con ocho empachada ¿qué le voy a hacer?
Adoro sentarme frente al monasterio abandonado y verle recortarse a la luz de la media tarde, no por la mañana con el sol en los ojos, ni a medio día al borde de la insolación, no, me gusta justo a media tarde.
Bueno, pues eso me pasa con todo.
Hoy, por ejemplo, ha sido un día azaroso para mí
He llegado a clase y los niños me han dado un ramo de flores ¡a quién se le ocurre!, como es natural me he emocionado y ya no he dado pie con bolo en toda la clase.
Luego, en el almuerzo, una compañera me h a dado, sin previo aviso, dos besos en pleno patio… un apuro terrible.
Incluso mi novio parecía dispuesto a darme el día y se ha presentado a buscarme al trabajo, cosa que no había hecho jamás y claro, yo…unos nervios.
Por suerte cuando más desconcertada estaba, ha llamado mi madre para felicitarme. En ese momento he colocado en mi cabeza la plantilla de “cumpleaños” y todo ha encajado.
El resto del día ha sido previsible y perfecto.
Pero, vamos, maniática no soy, más bien, digamos, organizada.
desasosegada
martes, 19 de enero de 2016
Ascendiendo
Voy a perderme en tu escalera. Entre los escalones de espuma de un fondo marino con burbujitas de mar. En el ascenso, hacia al cobijo de las palomas de esa azotea de guardianes de los sueños, me dejaré mecer por las imposibles esquinas de tus deseos. En el ascenso.
En el ascenso, deslizándome entre la brisa lunar, remontaré, entre irisadas burbujas, las curvas de tus desilusiones, y de mis cuitas. A horcajadas de mis dudas y de tus miedos. En en ascenso, cerrando los ojos con vendas de heridas resanadas, subiremos...sin resto ya de lamentos.
Y llegaré a lo más alto de tu edificio maltrecho, a golpes de ausencias rancias, a fuerza de pretendidos logros, y de desaprovechados ecos. En el ascenso lento de esa maroma que nos ancla a esos íntimos sueños, tomaré tu mano, para llevarte conmigo. En el ascenso.
Albada
En el ascenso, deslizándome entre la brisa lunar, remontaré, entre irisadas burbujas, las curvas de tus desilusiones, y de mis cuitas. A horcajadas de mis dudas y de tus miedos. En en ascenso, cerrando los ojos con vendas de heridas resanadas, subiremos...sin resto ya de lamentos.
Y llegaré a lo más alto de tu edificio maltrecho, a golpes de ausencias rancias, a fuerza de pretendidos logros, y de desaprovechados ecos. En el ascenso lento de esa maroma que nos ancla a esos íntimos sueños, tomaré tu mano, para llevarte conmigo. En el ascenso.
Albada
Llegas tarde, David Bowie
Llegas tarde, David Bowie. Te esperábamos antes porque ya rebasabas los méritos para estar entre nosotros. Siempre corrieron rumores de que vendrías. Al fin llegas. Ha sido una larga espera. Lou, impaciente, ha vaciado cargamentos de botellas de ron, buscando en sus entranas, cuándo llegarías. La sonrisa de Freddy se ha ensanchado al cumplir su promesa afeitándose el bigote: «Cuando llegue, me afeito. Yeah!». Después de mucho buscar hueco, Amy podrá enseñarte su tatuaje nuevo: un camaleón con ojos de diferentes colores. Vamos, que aquí estamos la mar de alegres, encendiendo las velas de la tarta de recibimiento, la tarta de los «no más cumpleaños». Lástima que ellos se queden tan tristes, ahí, llorándote. Al fin y al cabo, tienen tus vinilos. Nosotros por fin celebraremos tu venida. Ellos, que pinchen la espiral infinita de tus discos. En sus estrechos surcos no cabe la muerte.
La lengua salvada (Mikel Aboitiz)
La lengua salvada (Mikel Aboitiz)
sábado, 16 de enero de 2016
Inviernos de quita y pon
Lo que es la vida, y esas islas donde naufragar que apuntaba Francisco Rodríguez Tejedor en un post. A esa isla, Relatarium, he venido a abrevar mi sed de un invierno que llevarme a la boca en este presente invierno. A cuento de un concurso cuya única temàtica ha de ser esta estación.
Recordé, con cierta nostàlgia, encadenados hechos aquí o allà, y esa brizna de cosquillas inundó de nuevo los rescoldos de mi corazón.
No quiero que la vida me pille sin una isla donde naufragar o donde descansar de oleajes, así que, enviando un fuerte abrazo a todos, a Marga, Luis y Daniel como promotores y “currantes”, y a todos los amantes de esas hileras de palabras que desembocan en estas coordenadas, tomo el texto que busqué:
El largo invierno había excedido el punto de congelación. Su corazón derrotado necesitaba un tiempo para el deshielo. El ritmo lo marcarían las coordenadas de la naturaleza, los latidos de otras sonrisas, la cadencia de nuevos abr azos, y el despegar de otros besos alados.
Se durmió ante la chimenea a esperar que el dolor y las nieves dejasen paso a la tibia certeza de otras primaveras por abrir.
Besos
Albada
Recordé, con cierta nostàlgia, encadenados hechos aquí o allà, y esa brizna de cosquillas inundó de nuevo los rescoldos de mi corazón.
No quiero que la vida me pille sin una isla donde naufragar o donde descansar de oleajes, así que, enviando un fuerte abrazo a todos, a Marga, Luis y Daniel como promotores y “currantes”, y a todos los amantes de esas hileras de palabras que desembocan en estas coordenadas, tomo el texto que busqué:
El largo invierno había excedido el punto de congelación. Su corazón derrotado necesitaba un tiempo para el deshielo. El ritmo lo marcarían las coordenadas de la naturaleza, los latidos de otras sonrisas, la cadencia de nuevos abr azos, y el despegar de otros besos alados.
Se durmió ante la chimenea a esperar que el dolor y las nieves dejasen paso a la tibia certeza de otras primaveras por abrir.
Besos
Albada
martes, 5 de enero de 2016
Romance fugaz.
Me jode no poder verte más que una vez en mi vida y que dure solamente un cruce de miradas.
Aún podría verte por última vez si me giro, pero sería únicamente para ver como te alejas.
Vecu
Aún podría verte por última vez si me giro, pero sería únicamente para ver como te alejas.
Vecu
miércoles, 23 de diciembre de 2015
Caer del caballo
«La inquisición no tardará en llegar», me susurró Juana preocupada. Cabalgaba a pelo, apretando los dientes. Yo me ceñía a ella dejando que llevara las riendas. Éramos jinetes fugitivos en misión nocturna: coronar el monte huyendo del Santo Oficio. ¡Voto a bríos que habíamos de lograrlo! La noche velaba los contornos pero intuíamos cercana la cumbre. Dejé escapar un grito de júbilo anticipado. Sedientos y sudorosos, galopábamos con la respiración desbocada, cuando a punto de alcanzar la cima, fuimos sorprendidos: «Mamá, papá, ¿qué hacéis? ¡Tengo pis!»
La lengua salvada (Mikel Aboitiz)
La lengua salvada (Mikel Aboitiz)
martes, 22 de diciembre de 2015
El hombre de mi vida
No sólo mi oficio es el más antiguo del mundo, sino que además como soy antigua en él presumo de verlas venir de lejos. Toda regla tiene sus excepciones como podrán comprobar enseguida.
Aquel día era miércoles, lo recuerdo porque ese invierno nevó todos los miércoles, fenómeno que trajo de cabeza a meteorólogos, climatólogos y otros logos, pero que para mí tenía una explicación muy lógica: ese era mi día especial, dedicado a mi “cliente especial” en mi propia casa, hecho también singular.
¿Qué como accedí a cambiar mis reglas? No me lo pregunten, lo ignoro. Tal vez fue que se parecía a mi primer novio, tal vez estaba cansada o fueron aquellos ojazos verdes los que me obnubilaron como a una quinceañera.
El caso es que era miércoles y nevaba.
Abrí los ojos con un fortísimo dolor de cabeza y con la sensación de no poderme mover. Por desgracia resultó no ser una sensación. Estaba realmente inmovilizada, atada por las muñecas al cabecero de la cama. Después de forcejear, pelear, rendirme y repetir ese proceso mil veces, conseguí desatarme. Recorrí la casa incrédula viendo como había sido completamente expoliada: cajones, armarios y baldas estaban volcados en el suelo. Dirigí la mirada al cristo de Medinaceli, bajo cuyas faldas escondía todos mis ahorros y maldita sea, allí estaba con las faldas remangadas y el armazón vacío.
Entonces lo recordé todo; vi. como brindábamos una y otra vez por nuestra felicidad mientras me susurraba meloso “estaremos siempre juntos” y yo, como una imbécil, me adormecía en sus brazos pensando “este es, por fin, el hombre de mi vida”.
desasosegada
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