Me llamo Marta y tengo 8 años.
La seño nos ha mandado pintar a la familia… allá voy.
Primero mi hermana; la pondré berreando que es lo único que sabe hacer. Yo creo que es lela o algo así porque ni habla, ni juega, ni ná. Pipo, nuestro perro, es por lo menos diez millones de veces más listo que ella, pero eso no lo digo en casa porque cobro seguro.
Aquí en este lado voy a poner a los abuelos con la merienda que es como están siempre cuando salgo del cole… yo les quiero montón, pero son bastante pelmas; todo el día: que no corras, que no te metas en los charcos, que te abrigues; un rollo.
En el medio me voy a colocar yo para que se me vea bien; voy a dibujar también mi bici que es como de la familia.
A mamá le voy a dibujar corriendo, cargada con el ordenador, con mi cartera del cole, los bolsa de los pañales de Sara y contestando al móvil: “llego en 30 minutos, ¡!!QUE OS CALLEIS!!! (eso nos chilla a nosotros, luego sigue suav ecito) … estoy ahí en un segundo”
Ya sólo me falta papá; voy a ponerle leyendo el periódico con cara de cansado. Papá tiene siempre cara de cansado porque trabaja mucho, quiero decir, que trabaja mucho fuera de casa.
Yo creo que lo he bordado, soy un crak
Espacio de creación de microrrelatos,
cuentos cortos y otras formas de
literatura breve, al acceso de cualquiera.
jueves, 27 de abril de 2017
martes, 14 de marzo de 2017
Al viajero desconocido
El azar, siempre enredando en las cosas de los humanos,
consiguió que después de un viaje en avión, regresara a casa con una maleta,
idéntica a la mía, pero ajena.
Y así, casi sin darme cuenta, me colé en una intimidad de un
desconocido.
Superada la sorpresa inicial
de ver que todo lo que aquel equipaje contenía no era mío, los objetos
inertes empezaron a cobrar vida y fui
dibujando un retrato.
Era un hombre, eso estaba claro, las ropas bien dobladas
indicaban que era ordenado y riguroso.
De la calidad de su ropa deduje que tenía gustos sencillos y medios
suficientes pero no sobrados, era buen lector, de cierta edad (medicamentos)
pero no demasiada (preservativos) y bastante generoso (regalos) pero sin pareja (todos los obsequios eran para niños)
Estas conclusiones, seguramente erróneas, dispararon mi
curiosidad y me obligaron a preguntar a la empleada de la compañía aérea si era
posible conocer la identidad del otro damnificado. Contestó, por supuesto, con
una airada negativa.
Y ahora aquí me tienen; deshaciendo mi aburrida maleta y
pensando que, otra vez, he perdido la
ocasión de encontrar a mi media naranja.
desasosegada
desasosegada
miércoles, 5 de octubre de 2016
Interruptores
Este hombre del antifaz de noche y pijama de rayas sabe que la desesperación es pasar horas en vela, probar mil posturas, abandonar la almohada sobre la cabeza y seguir sin pegar ojo, después de dar con el codo a su esposa, que no para de roncar. Ronca con entrega. Con la perseverancia de una corredora de fondo, mientras él repasa desconsolado nombres, efectos insuficientes y secundarios de relajantes musculares, somníferos e hipnóticos. Este hombre no puede más. Está a punto de ganar medalla olímpica en insomnio. Se levanta, el antifaz caído como el pañuelo de un atracador de sueños, rodea la cama y se arrodilla junto a ella. Cara con cara, la observa fijamente. Duerme dichosa, como si la felicidad fuera un hilito de baba escapando por la comisura de sus labios. Una hemorragia de felicidad que él no puede compartir, pero sí taponar. Con la suavidad de un dedo. Estira el índice con dulzura y un fogonazo de luz la despierta.
La lengua salvada (Mikel Aboitiz)
La lengua salvada (Mikel Aboitiz)
martes, 16 de agosto de 2016
Ciudades abandonadas
El chirrido del columpio vacío
mecido por el aire sofocante de la tarde
evoca el llanto de un niño
desasosegada
mecido por el aire sofocante de la tarde
evoca el llanto de un niño
desasosegada
sábado, 13 de agosto de 2016
A todo lo que se mueve
Comenzó la sombra a vestirse de sonidos, el crepitar de hojas, pisadas sin cuerpo definido,la oscuridad lo hacía invisible, pero al jabalí lo mató el oído.
Anabelmis
Anabelmis
sábado, 6 de agosto de 2016
Definiciones imprecisas: Escalera
Una escalera es una construcción capaz de comunicar diferentes niveles. Las hay de mano, tijera, cuerda, caracol, imperiales e imposibles. La clásica —el alfil de las escaleras— une distancias con sus tramos diagonales aportando comodidad y descanso con rellanos y pasamanos. Una escalera suficientemente empinada y larga, recorrida hacia arriba, aporta un sentido filosófico de la vida (¿Adónde vamos?, ¿De dónde venimos?, ¿Son suficientes nuestros motivos?). En sentido descendente, la escalera anticipa una salida, una liberación o —por debajo del nivel del suelo— un pequeño viaje inconsciente (el breve aleteo de un pestañeo) a los submundos. En ausencia de fuegos, las de incendios ofrecen liberación: el ensayo lúdico ante lo peor. Las escaleras comunican mundos exteriores e interiores. Peldaño a peldaño, nos acercan a nosotros mismos, fácilmente —y cómo no—, de manera escalonada.
La lengua salvada (Mikel Aboitiz)
La lengua salvada (Mikel Aboitiz)
miércoles, 20 de julio de 2016
Resurrección
Había dormido pocas horas. A las siete de la mañana me tomé mi primer café. Estaba en un hotel rural en Asturias y el sol informaba de un día caluroso. Me duché con mucho gel y suficiente champú, de esos que suavizan el pelo rebelde.
A las ocho y cuarto estaba conduciendo en mi coche de alquiler, un todo volumen con cinco puertas de color gris. Por un instante me dormí. Cuando me desperté estaba en una zanja de hierba mullida que sin duda había salvado mi existencia. ¿Qué hubiera pasado si hubiera caído sobre cemento o sobre piedras?
Llegó la policía, me sacaron por la puerta de la copilota porque el coche estaba tumbado del lado izquierdo. Me hicieron el test de laalcoholemia, dio negativo.
-Solo me he dormido, estoy tan cansada
-Pues hoy has resucitado. Podría haber sido el sueño eterno- respondió la policía con su coleta sujeta con una goma roja.
-Si, hoy es el día de mi resurrección- y lloré convulsivamente
Beatriz Bar ón Beraud
A las ocho y cuarto estaba conduciendo en mi coche de alquiler, un todo volumen con cinco puertas de color gris. Por un instante me dormí. Cuando me desperté estaba en una zanja de hierba mullida que sin duda había salvado mi existencia. ¿Qué hubiera pasado si hubiera caído sobre cemento o sobre piedras?
Llegó la policía, me sacaron por la puerta de la copilota porque el coche estaba tumbado del lado izquierdo. Me hicieron el test de laalcoholemia, dio negativo.
-Solo me he dormido, estoy tan cansada
-Pues hoy has resucitado. Podría haber sido el sueño eterno- respondió la policía con su coleta sujeta con una goma roja.
-Si, hoy es el día de mi resurrección- y lloré convulsivamente
Beatriz Bar ón Beraud
martes, 19 de julio de 2016
lunes, 13 de junio de 2016
Las amistades de Mary
Una camisa con un desgarrón así no la hubiera remendado nadie, pero el que le cosió la cara a ese tal Harry debió de ser un médico con alma de sastre. «Soy Harry. Ni me has visto ni jamás volverás a verme», fue su saludo en la cuneta de una carretera olvidada. Le entregué el sobre con dos fotos de mi esposa y el dinero. Su voz aguardentosa me sosegó tanto como si el diablo me diera las buenas noches: «Todo irá bien». Abrió la puerta de mi coche y se quedó esperando a que me alejara, convirtiéndose en una figurita menguante en el retrovisor.
Una semana después, la Guardia Civil dio conmigo en Texas para informarme del accidente de Laura. Regresé para arreglar el entierro y lo del pastón del seguro de vida.
Sé que soy un malnacido y, aun así, Mary —ansiosa por verme de vuelta— me tiene en un pedestal de oro. Pasado un tiempo prudencial, nos casaremos. Ese fue nuestro trato. Al teléfono, me cita la biblia para tranquilizarme: «Love covers o ver a multitude of sins». Desconozco su religión, pero temo toparme un día con Harry, el más fiel de sus apóstoles.
La lengua savada (Mikel Aboitiz)
Una semana después, la Guardia Civil dio conmigo en Texas para informarme del accidente de Laura. Regresé para arreglar el entierro y lo del pastón del seguro de vida.
Sé que soy un malnacido y, aun así, Mary —ansiosa por verme de vuelta— me tiene en un pedestal de oro. Pasado un tiempo prudencial, nos casaremos. Ese fue nuestro trato. Al teléfono, me cita la biblia para tranquilizarme: «Love covers o ver a multitude of sins». Desconozco su religión, pero temo toparme un día con Harry, el más fiel de sus apóstoles.
La lengua savada (Mikel Aboitiz)
miércoles, 8 de junio de 2016
¿A qué huele la primavera?
El río fluía con la alegría garbosa de la primavera y me distraje con su trasiego.
De pronto tuve sensación de peligro, di un salto y conseguí no ser atropellada por una enana en bicicleta que pedaleaba a toda la velocidad que sus piernas le permitían. Detrás de ella, con cara de pánico, corría su padre gritando “qué te vas a matar, puñetera, frena de una vez”
Llevaba años soñando con aquel regalo, pero me decían que era peligroso y que era pequeña.
Se la pedí a mis padres, a mis tíos, incluso a mi abuela, que la verdad, siempre me hacía unos regalos de morondanga. Pero nada.
Espere y esperé en ese tiempo en el que un día es la vida y un mes la eternidad.
Llegó navidad y escribí con fervor mi carta a los reyes con una sola petición: una bicicleta roja. Me desperté esperanzada pero nada. Dale a las muñecas, duro a los cuentos y más dulces, pero de la bicicleta ni rastro.
Volví a armarme de paciencia y esperé al ratonc ito Pérez.
Como el primer diente no terminaba de ceder, le anime, con briosos meneos y logré que se cayera.
Al día siguiente desperté con ilusión cautelosa, pero la bici no estaba. Eso sí, en la almohada encontré cien pesetas que mi madre confiscó, prudente, por parecerle un dineral para mí.
Y tiré la toalla.
Llegué a la conclusión de que había picado demasiado alto. Mi padre no tenía coche y no parecía infeliz, así que me apliqué con afición a los patines.
Llegó la primavera y con ella el día de mi cumpleaños. Ese año deseaba más que nada en el mundo una tressy maniquí: era una muñeca pequeñita, con cuerpo de mujer y cara de ángel. Mi madre me la entregó, con fuertes besos, antes de ir al colegio. Estaba encantada con mi muñeca, no la solté de la mano en toda la mañana.
A la hora de comer llegó mi padre con su regalo: era roja, era magnífica, era la bicicleta de mis sueños. Con ella me convertí en detecti ve, en princesa de cuento y en pirata del caribe, con ella me hice mayor y me sentí libre.
Aún hoy, cuando el aire me revuelve el flequillo y pedaleo contra el viento vuelvo a ser aquella niña feliz.
Por eso algo se me alborota en el alma al ver a la recién estrenada ciclista desafiar las leyes del equilibrio, porque es la niña que yo fui y su atribulado padre está tan asustado como lo estuvo el mío.
¿Saben a que huele la primavera?
¿No? yo se lo diré: huele a nostalgia.
desasosegada
De pronto tuve sensación de peligro, di un salto y conseguí no ser atropellada por una enana en bicicleta que pedaleaba a toda la velocidad que sus piernas le permitían. Detrás de ella, con cara de pánico, corría su padre gritando “qué te vas a matar, puñetera, frena de una vez”
Llevaba años soñando con aquel regalo, pero me decían que era peligroso y que era pequeña.
Se la pedí a mis padres, a mis tíos, incluso a mi abuela, que la verdad, siempre me hacía unos regalos de morondanga. Pero nada.
Espere y esperé en ese tiempo en el que un día es la vida y un mes la eternidad.
Llegó navidad y escribí con fervor mi carta a los reyes con una sola petición: una bicicleta roja. Me desperté esperanzada pero nada. Dale a las muñecas, duro a los cuentos y más dulces, pero de la bicicleta ni rastro.
Volví a armarme de paciencia y esperé al ratonc ito Pérez.
Como el primer diente no terminaba de ceder, le anime, con briosos meneos y logré que se cayera.
Al día siguiente desperté con ilusión cautelosa, pero la bici no estaba. Eso sí, en la almohada encontré cien pesetas que mi madre confiscó, prudente, por parecerle un dineral para mí.
Y tiré la toalla.
Llegué a la conclusión de que había picado demasiado alto. Mi padre no tenía coche y no parecía infeliz, así que me apliqué con afición a los patines.
Llegó la primavera y con ella el día de mi cumpleaños. Ese año deseaba más que nada en el mundo una tressy maniquí: era una muñeca pequeñita, con cuerpo de mujer y cara de ángel. Mi madre me la entregó, con fuertes besos, antes de ir al colegio. Estaba encantada con mi muñeca, no la solté de la mano en toda la mañana.
A la hora de comer llegó mi padre con su regalo: era roja, era magnífica, era la bicicleta de mis sueños. Con ella me convertí en detecti ve, en princesa de cuento y en pirata del caribe, con ella me hice mayor y me sentí libre.
Aún hoy, cuando el aire me revuelve el flequillo y pedaleo contra el viento vuelvo a ser aquella niña feliz.
Por eso algo se me alborota en el alma al ver a la recién estrenada ciclista desafiar las leyes del equilibrio, porque es la niña que yo fui y su atribulado padre está tan asustado como lo estuvo el mío.
¿Saben a que huele la primavera?
¿No? yo se lo diré: huele a nostalgia.
desasosegada
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