La lluvia limpia todo, vuelve diáfana la vida por donde uno transita y a veces, como hoy, hace que me detenga a contemplarla a través de la ventana. Ese gesto me acerca a la alacena donde, sobre una repisa, descansa su retrato. Ver su rostro detrás de la bruma plomiza que le ha dado el tiempo, mirar su perfil triste, mientras afuera llueve, es como viajar en retroceso, como en una película o un viaje en el tiempo. Estoy ahora en su pasado y puedo describirla entera, sola, taciturna. Es otoño y ella camina, entre los árboles esqueléticos de un parque, con la cadencia sin adorno de la melancolía. Algo pesa sobre sus espaldas, algo que no se toca. ¡Pobre Martina!. Pobre en su lentitud, en su falda de paño, en sus zapatos de charol, en toda su tristeza. Se detiene. Un perro pasa a su lado; un perro solo, abandonado, como ella. Parece dudar pero al final se sienta sobre la losa de cemento helado de un banco del parque. Hace frío. Vuelve su rostro hacia una fuente q
ue murmura a su izquierda y entonces la veo dibujada, tal cual aparece en este retrato, detrás de la bruma del sepia, colocado hace tiempo sobre un anaquel de mi alacena. Busco en el reverso lo que ya sé. Escrito a pluma, en un negro desgastado, hay un nombre y una fecha: a Martina, 1950. Yo soy Martina, su hija; 1950 es el año en que mi madre apareció muerta, cerca de una fuente, sentada en un banco: un perro lamía sus zapatos de charol.
ue murmura a su izquierda y entonces la veo dibujada, tal cual aparece en este retrato, detrás de la bruma del sepia, colocado hace tiempo sobre un anaquel de mi alacena. Busco en el reverso lo que ya sé. Escrito a pluma, en un negro desgastado, hay un nombre y una fecha: a Martina, 1950. Yo soy Martina, su hija; 1950 es el año en que mi madre apareció muerta, cerca de una fuente, sentada en un banco: un perro lamía sus zapatos de charol.
Isabel Expósito Morales