domingo, 2 de febrero de 2014

Alerta

El ahorcado empezaba a tener frío. Una vieja, contemplando el macabro péndulo, tapó el cuerpo con una frazada y envolvió los pies, lívidos de sangre sin retorno, con dos trozos de arpillera. Aunque el peso del cuerpo suspendido no era exigente, la cuerda cedió dejándolo caer sobre tierra. Aves carroñeras picoteaban donde se ofrecía la carne ya fuera de uso y la vieja volvía a cubrir el cuerpo espantando a la voraz volatería. No pudo impedir, en una noche sin luna, que un coyote se hiciera con un buen bocado dejando un hueso a la intemperie.

La vieja sentada en una piedra pasaba las horas mirando el cuerpo al que protegía cuanto podía de alimañas, sin advertir que los insectos daban buena cuenta de él a través de poros y orificios. En una descuidada alerta, un cuervo hundió el pico en el vientre del ahorcado dejando escapar una nubecilla de gas y vaho pestilente. La vieja se santiguó y se fue retirando lentamente de la escena, musitando: “Eso debe s er el alma” ¡Descanse en paz!



country49

5 comentarios:

  1. El frío severo de esta mañana de invierno, me ha calado en los huesos, al leer este relato.
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  2. Anónimo4/2/14 23:51

    Gracias Marga por comentar, aunque algunas comas se han marchado sin avisarme. Siempre Poe tras cualquier tímido intento de construir un relato mínimamente leible.
    country49

    ResponderEliminar
  3. Espeluznante, si señor , me ha sobrecogido. Me ha gustado mucho

    ResponderEliminar
  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  5. Estética descripción de la putrefacción del ánima incorpórea. ¡Qué horror pensar que también nuestras almas serán pestilentes!

    ResponderEliminar