Elsuc López está en la flor de la vida. Bueno, no. Es un capullo cincuentón. Es un hombre fuerte, con sutil tonsura. Bueno, no. Es un gordo calvo. Se graduó en una prestigiosa universidad privada. Bueno, sí. Tardó 15 años en conseguirlo. Al acabar los estudios, lo llamaron de un conocido despacho de abogados. Bueno, no. Su papá era amigo de uno de los socios. Gracias a su brillante currículum, gana un sueldazo. Se compró una buena casa y un todoterreno. Bueno, no. Tuvo que firmar una hipoteca para poder pagar un pisito minúsculo y un modelo grande. Francés, no alemán. El despacho decidió reorientar su estrategia. Bueno, no. La clientela se redujo cuando lo de las tasas judiciales. La crisis acabó. Bueno, no. Llegaron nuevos abogados, casi todos en prácticas, y Elsuc los asesora con acierto. Bueno, no. En su código civil hay una postal de su ídolo Naranjito. Lo que no entiende es cómo una de las nuevas ha declinado las reiteradas invitaciones de un hombre ta n atractivo y exitoso como él. Ni una mísera copa le ha aceptado la regordeta esa, seguro que menopáusica, y perpetuamente malhumorada. Bueno, no. Es esa que gana todos los casos estrella, la de la portada del último Time.
Somnus Tuus
Espacio de creación de microrrelatos,
cuentos cortos y otras formas de
literatura breve, al acceso de cualquiera.
jueves, 26 de mayo de 2016
miércoles, 25 de mayo de 2016
El violinista en el tejado
En la oscuridad, la joven pugnaba por mantener el equilibrio, intentando resistir el empuje del viento. Desde la altura, miró hacia abajo y palideció. Cuánto se arrepentía de haberse dejado arrastrar hasta allí, según él, el lugar perfecto para oír su nueva partitura. Io ti proteggerò, le había susurrado seductoramente.
-Niccolò, carissimo...
Enfrente de ella, él se retorcía agitado al ritmo de la música. La alborotada melena cubría su rostro convulso, sus dedos crispados recorrían las cuerdas del violín. Un chasquido y otro más, estremecieron la noche. A duras penas, el frágil instrumento resistía los violentos embates del arco. Con el tercer chasquido, el cielo estalló en iridiscencias amarillas y se inundó de espirales y animales multicolores, ramos de flores y seres alados. Sin dejar de tocar, el violinista se fue transformando en un diablo rojo que lentamente se elevó flotando, alta la cabeza y muy abiertos los ojos verdes.
La mujer retrocedió aterrorizada, precipitándose al vacío desde el tejado. El diablo rojo levantó el arco. Entonces, un caballo blanco voló hacia ella, la recogió en el aire y la depositó con cuidado junto a él.
-Lo vedi, amore? Io avrò cura di te...
Somnus Tuus
-Niccolò, carissimo...
Enfrente de ella, él se retorcía agitado al ritmo de la música. La alborotada melena cubría su rostro convulso, sus dedos crispados recorrían las cuerdas del violín. Un chasquido y otro más, estremecieron la noche. A duras penas, el frágil instrumento resistía los violentos embates del arco. Con el tercer chasquido, el cielo estalló en iridiscencias amarillas y se inundó de espirales y animales multicolores, ramos de flores y seres alados. Sin dejar de tocar, el violinista se fue transformando en un diablo rojo que lentamente se elevó flotando, alta la cabeza y muy abiertos los ojos verdes.
La mujer retrocedió aterrorizada, precipitándose al vacío desde el tejado. El diablo rojo levantó el arco. Entonces, un caballo blanco voló hacia ella, la recogió en el aire y la depositó con cuidado junto a él.
-Lo vedi, amore? Io avrò cura di te...
Somnus Tuus
martes, 24 de mayo de 2016
Oro parece
Cada uno tenemos nuestra cruz, la mía se llama Doña Ramona y es mi vecina desde hace cincuenta años.
Pues bien, llevo cuarenta y nueve años teniendo que escuchar con cualquier pretexto, que es más joven que yo. Es cierto que la llevo seis meses, pero como ambas hemos cumplido los 87, la cosa no parece significativa.
Su otra monserga favorita es contar a troche y moche que mi sobrino Mariano viene a verme solo por el interés de heredarme, le duele porque ella tiene tres hijos, dos en el extranjero y uno en las nubes, que no aparecen por aquí ni en pintura.
Yo no tuve hijos y mi sobrino Mariano es la única familia que me queda. La verdad es que no tuvimos mucha relación en el pasado, pero en los últimos años viene a verme, con su esposa y su hija, dos veces al año, puntualmente.
Pese a lo que dice mi vecina jamás han preguntado por mi situación patrimonial, ni por la herencia, ni por tema espinoso alguno.
Es verdad que la hija de Maria no me dice algunas veces que cuando vivan en esta casa piensa elegir mi habitación por ser la más luminosa y tener un espejo barroco que le hace un tipo “superguay”, yo le aseguro que refleja lo que es, una princesa. A su mujer le da por el jarrón chino, “Será muy valioso ¿verdad?” yo pongo cara de entendida y respondo: “Ya en los 60, cuanto mi difunto marido lo adquirió, era una pieza de coleccionista”. Mariano, más masculino él, está interesado en el reloj de pared del despacho, siempre comprueba la hora con el suyo y dice: “No hay como la maquinaria suiza de antaño, no se mueve ni un segundo”; yo le respondo misteriosa “tempus fugit”.
Tal vez debería haberles dicho hace tiempo que tanto la casa como el mobiliario lo tengo en usufructo, porque los perdí en el maldito bingo hace unos años, pero no me parece conveniente empañar la armonía familiar con mis problemillas.
Además todo sea que por poder chinchar a Doña Ramona au nque solo sea una vez al semestre.
desasosegada
Pues bien, llevo cuarenta y nueve años teniendo que escuchar con cualquier pretexto, que es más joven que yo. Es cierto que la llevo seis meses, pero como ambas hemos cumplido los 87, la cosa no parece significativa.
Su otra monserga favorita es contar a troche y moche que mi sobrino Mariano viene a verme solo por el interés de heredarme, le duele porque ella tiene tres hijos, dos en el extranjero y uno en las nubes, que no aparecen por aquí ni en pintura.
Yo no tuve hijos y mi sobrino Mariano es la única familia que me queda. La verdad es que no tuvimos mucha relación en el pasado, pero en los últimos años viene a verme, con su esposa y su hija, dos veces al año, puntualmente.
Pese a lo que dice mi vecina jamás han preguntado por mi situación patrimonial, ni por la herencia, ni por tema espinoso alguno.
Es verdad que la hija de Maria no me dice algunas veces que cuando vivan en esta casa piensa elegir mi habitación por ser la más luminosa y tener un espejo barroco que le hace un tipo “superguay”, yo le aseguro que refleja lo que es, una princesa. A su mujer le da por el jarrón chino, “Será muy valioso ¿verdad?” yo pongo cara de entendida y respondo: “Ya en los 60, cuanto mi difunto marido lo adquirió, era una pieza de coleccionista”. Mariano, más masculino él, está interesado en el reloj de pared del despacho, siempre comprueba la hora con el suyo y dice: “No hay como la maquinaria suiza de antaño, no se mueve ni un segundo”; yo le respondo misteriosa “tempus fugit”.
Tal vez debería haberles dicho hace tiempo que tanto la casa como el mobiliario lo tengo en usufructo, porque los perdí en el maldito bingo hace unos años, pero no me parece conveniente empañar la armonía familiar con mis problemillas.
Además todo sea que por poder chinchar a Doña Ramona au nque solo sea una vez al semestre.
desasosegada
viernes, 20 de mayo de 2016
Cosas de la vida
Su desgracia me obligo a asomarme un instante al abismo, pero en cuanto pude cerré la cortina y seguí bailando.
desasosegada
desasosegada
jueves, 12 de mayo de 2016
"El palomas"
Su nombre era Juan Palmas, pero desde niño fue apodado “El Palomas”.
Era un niño distraído que miraba la vida desde el fondo de unas gafotas de pasta ajustadas en la nuca con una goma.
Me encariñé con él desde el principio, Era despierto y curioso, enamorado de las corrientes de aire, de las nubes, del vuelo de los pájaros y de otras fruslerías que le granjearon entre sus compañeros la fama de “raro”. Era capaz de parar un partido de fútbol para espantar a una mariposa o pasar la tarde viendo como dos bolsas bailaban en el remolino de la esquina norte del patio.
El día de fin de curso despedí a mis alumnos que salieron entre carreras, empujones y risas, inconscientes de que al cruzar la puerta dejaban atrás su niñez.
También salió, algo rezagado, Juan. Echó una ojeada fugaz al patio y se marchó silbando. Observé como se alejaba sabiendo que le sería difícil adaptase a la vida real.
Años después vi el periódico lo cal la foto de un joven de gruesas gafas y ojos soñadores, le reconocí de inmediato, era “el palomas”. Al parecer había desaparecido y su familia cursaba orden de búsqueda.
Porque tenía mucho tiempo, porque siempre le tuve simpatía y porque me dio la gana, me involucré en una búsqueda que no me incumbía.
Pregunté por tierra, mar y aire. Pude seguir su pista hasta el edificio más alto de la ciudad. Allí, el ascensorista recordó haberle subido hasta la última planta pero no fue capaz de darme más pistas.
No encontré más rastros; no había noticia de accidente alguno, ni carta de despedida. NADA. Jamás bajó,
A falta de explicación verosímil me he inventarme la mía. Así que he adquirido la costumbre de escudriñar el cielo y observar las aves, deseando que allá por donde su alma vuele, sea, por fin, feliz.
desasosegada
Era un niño distraído que miraba la vida desde el fondo de unas gafotas de pasta ajustadas en la nuca con una goma.
Me encariñé con él desde el principio, Era despierto y curioso, enamorado de las corrientes de aire, de las nubes, del vuelo de los pájaros y de otras fruslerías que le granjearon entre sus compañeros la fama de “raro”. Era capaz de parar un partido de fútbol para espantar a una mariposa o pasar la tarde viendo como dos bolsas bailaban en el remolino de la esquina norte del patio.
El día de fin de curso despedí a mis alumnos que salieron entre carreras, empujones y risas, inconscientes de que al cruzar la puerta dejaban atrás su niñez.
También salió, algo rezagado, Juan. Echó una ojeada fugaz al patio y se marchó silbando. Observé como se alejaba sabiendo que le sería difícil adaptase a la vida real.
Años después vi el periódico lo cal la foto de un joven de gruesas gafas y ojos soñadores, le reconocí de inmediato, era “el palomas”. Al parecer había desaparecido y su familia cursaba orden de búsqueda.
Porque tenía mucho tiempo, porque siempre le tuve simpatía y porque me dio la gana, me involucré en una búsqueda que no me incumbía.
Pregunté por tierra, mar y aire. Pude seguir su pista hasta el edificio más alto de la ciudad. Allí, el ascensorista recordó haberle subido hasta la última planta pero no fue capaz de darme más pistas.
No encontré más rastros; no había noticia de accidente alguno, ni carta de despedida. NADA. Jamás bajó,
A falta de explicación verosímil me he inventarme la mía. Así que he adquirido la costumbre de escudriñar el cielo y observar las aves, deseando que allá por donde su alma vuele, sea, por fin, feliz.
desasosegada
martes, 26 de abril de 2016
Vocación temprana
Ya saben como son las madres, todas creen tener entre sus vástagos a un genio.
La mía era de esas. Desde el día en que logré hacer la o, sin canuto, decidió que tenía madera de escritor.
Cuando cumplí los 13, buscó una institución con fama de ser cuna de literatos y cursó la solicitud. La verdad es que no nos lo podíamos permitir, ni ella, que tendría que trabajar como una mula para pagarlo, ni yo, que no quería irme de casa.
Fui con desgana a la prueba de acceso, que consistió en una redacción sobre los motivos por los cuales quería ingresar allí.
No fue por provocar, de verdad, pero es que no logré encontrar ni uno, así que entregué la hoja en blanco.
Días después nos convocaron y allá fuimos mi madre y yo con nuestras mejores galas.
El director examinó mi folio en blanco, como si fuera el Quijote. Quise explicarle, que no había entendido el ejercicio, pero se limitó a decirnos que no era apto para ser alumno suyo y desapareció.
Yo no me atreví ni a mirar a mi madre, a la que suponía decepcionada. Ella, sorprendida, cogió el folio en blanco y lo examinó: “mamá, yo no quiero ser escritor”, balbuceé
- ¿Y que quieres ser, criatura? -dijo dulcemente.
- Torero como “el cordobés”
Sonrió resignada y volvimos al pueblo, ella a su panadería y yo a mi escuela.
Pero a las madres, siempre tienen razón y aquí me tienen firmando ejemplares de mi último best seller. Muchas gracias por su atención y si alguien desea que le dedique el libro estaré encantado.
desasosegada
La mía era de esas. Desde el día en que logré hacer la o, sin canuto, decidió que tenía madera de escritor.
Cuando cumplí los 13, buscó una institución con fama de ser cuna de literatos y cursó la solicitud. La verdad es que no nos lo podíamos permitir, ni ella, que tendría que trabajar como una mula para pagarlo, ni yo, que no quería irme de casa.
Fui con desgana a la prueba de acceso, que consistió en una redacción sobre los motivos por los cuales quería ingresar allí.
No fue por provocar, de verdad, pero es que no logré encontrar ni uno, así que entregué la hoja en blanco.
Días después nos convocaron y allá fuimos mi madre y yo con nuestras mejores galas.
El director examinó mi folio en blanco, como si fuera el Quijote. Quise explicarle, que no había entendido el ejercicio, pero se limitó a decirnos que no era apto para ser alumno suyo y desapareció.
Yo no me atreví ni a mirar a mi madre, a la que suponía decepcionada. Ella, sorprendida, cogió el folio en blanco y lo examinó: “mamá, yo no quiero ser escritor”, balbuceé
- ¿Y que quieres ser, criatura? -dijo dulcemente.
- Torero como “el cordobés”
Sonrió resignada y volvimos al pueblo, ella a su panadería y yo a mi escuela.
Pero a las madres, siempre tienen razón y aquí me tienen firmando ejemplares de mi último best seller. Muchas gracias por su atención y si alguien desea que le dedique el libro estaré encantado.
desasosegada
sábado, 16 de abril de 2016
La deslealtad del perro.
Lo que no llegó a saber nunca aquel pobre hombre pobre, es que un día el perro, por fin habló.
Todo sucedió de repente, un jueves cualquiera, al llegar a casa, una de las habitaciones, en concreto la que habían compartido hasta que ella decidió marcharse a otra, se encontraba vacía.
Tras algunos años, tal vez todos, de diferencias de pensamiento, palabra, obra y omisión, él cargado de un impropio coraje, ya que no era precisamente una de sus cualidades, decidió marcharse.
Habían tenido constantes discusiones y la confianza, si es que algún día existió, se había evaporado por la deslealtad, el abandono, la falta de respeto y la ausencia de compromiso.
Cierto es que a ninguno de ellos les sorprendió todo aquel movimiento, tarde o temprano debía de ocurrir, solo faltaba hacerlo, cerrando así un ciclo vital tóxico y enfermizo.
Ella se llevó una cama, muchos recuerdos vividos y al perro. El resto se lo llevó él y el amor que un día se tuvieron, ese, se lo llevó el viento como a María Sarmiento cuando se fue a la vía a aliviar su cuerpo.
Un día, cuando ya había pasado algún tiempo, siguiendo el curso de uno de sus duelos, ella le llamó para saber de él, interesarse por su estado de salud, trabajo y amor, aunque de lo último no se atrevía a preguntar, aun era pronto para una respuesta que no quería, en el fondo, saber.
Hablaron como falsos amigos, cordialidad contenida, incómodos silencios y finalmente una noticia sin importancia, y es que él, había incorporado a su vida un loro, esa mascota que tanto él había deseado siempre, pero que ella, con su mente analítica y responsable, nunca había estimado oportuno tener, quitándole la idea de la cabeza con algunos argumentos, como no, de peso.
Fue gracioso saber que él, al menos había cumplido ya, uno de sus frustrados y absurdos deseos.
Cuando colgó el teléfono, se le ocurrió contárselo al perro. A fin de cuentas e ra su compañero, con el que compartía su vida, acurrucados en las oscuras y frías noches de invierno.
El animal, escuchó atentamente, moviendo sus cejas como acostumbraba cuando recibía información de interés. Emitió un pequeño gruñido de disconformidad, se revolvió sobre si mismo, dió un salto a la cama, escarbó la manta con determinación y se acomodó como una esfinge. Serio, altivo, prácticamente inmóvil.
Ella se sorprendió de su repentina reacción, no le había visto así antes. Le cogió la cara con las dos manos y le beso en la cabeza como siempre.
De repente el perro carraspeó y comenzó a hablar:
_ Atiende, el buen saber es callar, hasta ser tiempo de hablar. Ya verás la que le va a preparar el loro, es cuestión de tiempo.
Carmine
Todo sucedió de repente, un jueves cualquiera, al llegar a casa, una de las habitaciones, en concreto la que habían compartido hasta que ella decidió marcharse a otra, se encontraba vacía.
Tras algunos años, tal vez todos, de diferencias de pensamiento, palabra, obra y omisión, él cargado de un impropio coraje, ya que no era precisamente una de sus cualidades, decidió marcharse.
Habían tenido constantes discusiones y la confianza, si es que algún día existió, se había evaporado por la deslealtad, el abandono, la falta de respeto y la ausencia de compromiso.
Cierto es que a ninguno de ellos les sorprendió todo aquel movimiento, tarde o temprano debía de ocurrir, solo faltaba hacerlo, cerrando así un ciclo vital tóxico y enfermizo.
Ella se llevó una cama, muchos recuerdos vividos y al perro. El resto se lo llevó él y el amor que un día se tuvieron, ese, se lo llevó el viento como a María Sarmiento cuando se fue a la vía a aliviar su cuerpo.
Un día, cuando ya había pasado algún tiempo, siguiendo el curso de uno de sus duelos, ella le llamó para saber de él, interesarse por su estado de salud, trabajo y amor, aunque de lo último no se atrevía a preguntar, aun era pronto para una respuesta que no quería, en el fondo, saber.
Hablaron como falsos amigos, cordialidad contenida, incómodos silencios y finalmente una noticia sin importancia, y es que él, había incorporado a su vida un loro, esa mascota que tanto él había deseado siempre, pero que ella, con su mente analítica y responsable, nunca había estimado oportuno tener, quitándole la idea de la cabeza con algunos argumentos, como no, de peso.
Fue gracioso saber que él, al menos había cumplido ya, uno de sus frustrados y absurdos deseos.
Cuando colgó el teléfono, se le ocurrió contárselo al perro. A fin de cuentas e ra su compañero, con el que compartía su vida, acurrucados en las oscuras y frías noches de invierno.
El animal, escuchó atentamente, moviendo sus cejas como acostumbraba cuando recibía información de interés. Emitió un pequeño gruñido de disconformidad, se revolvió sobre si mismo, dió un salto a la cama, escarbó la manta con determinación y se acomodó como una esfinge. Serio, altivo, prácticamente inmóvil.
Ella se sorprendió de su repentina reacción, no le había visto así antes. Le cogió la cara con las dos manos y le beso en la cabeza como siempre.
De repente el perro carraspeó y comenzó a hablar:
_ Atiende, el buen saber es callar, hasta ser tiempo de hablar. Ya verás la que le va a preparar el loro, es cuestión de tiempo.
Carmine
viernes, 11 de marzo de 2016
Rayo de luz
Bebió la amarga cicuta. Que era todo su dolor. Y luego apagó la luz de su horizonte.
Permaneció en tinieblas todo lo que pudo. Hasta no sentirse absolutamente nada: una mota de polvo en una cueva oscura, por donde nadie pasa.
Luchó a abrazo partido por dejar de ser él.Y tampoco quiso que quedaran huellas suyas.
Pero era un corcho insumergible. Un musgo inverosímil, que se cosía, a su pesar, a una brizna de tierra.
No quería afrontar el peligro de vivir. Pero, ¿quién era él para decidirlo?
Pensó en los demás. Que andaban arrastrando sus cadenas. Persiguiendo un rayo de luz que, al final, no duraría.
Por eso, él buscaba, antes que nadie, su propia oscuridad. Que sería la empalizada de su trinchera de la nada absoluta.
Y esta, a su pesar, se le resistía.
Un rayo de luz iluminó la estancia. ¿Quién manda en el amanecer? - se dijo en voz alta.
Tú no, le dijo el eco. ¿Eres tú acaso el candil de la vida?
Franc isco Rodríguez Tejedor
Permaneció en tinieblas todo lo que pudo. Hasta no sentirse absolutamente nada: una mota de polvo en una cueva oscura, por donde nadie pasa.
Luchó a abrazo partido por dejar de ser él.Y tampoco quiso que quedaran huellas suyas.
Pero era un corcho insumergible. Un musgo inverosímil, que se cosía, a su pesar, a una brizna de tierra.
No quería afrontar el peligro de vivir. Pero, ¿quién era él para decidirlo?
Pensó en los demás. Que andaban arrastrando sus cadenas. Persiguiendo un rayo de luz que, al final, no duraría.
Por eso, él buscaba, antes que nadie, su propia oscuridad. Que sería la empalizada de su trinchera de la nada absoluta.
Y esta, a su pesar, se le resistía.
Un rayo de luz iluminó la estancia. ¿Quién manda en el amanecer? - se dijo en voz alta.
Tú no, le dijo el eco. ¿Eres tú acaso el candil de la vida?
Franc isco Rodríguez Tejedor
martes, 8 de marzo de 2016
Y los sueños, sueños son.
Mientras mi hermana mayor soñaba con una gran familia, la pequeña declaraba, con una seriedad cómica para su edad, que quería ser: payasa o astronauta
Lo primero lo consiguió muchas veces, seguramente más de las pretendidas, pero lo de astronauta se puso francamente difícil, una vez que quedó patente su pánico a las alturas.
10 años tenía cuando el hombre llegó a la luna y mientras nuestra abuela aseguraba que todo era una trola, ella miraba hacia el satélite con fascinación creciente.
Terminó como controladora de vuelo, que fue la profesión más cercana al cielo que pudo conseguir, sin despegar un pie del suelo.
Un día, cuando ya todas peinábamos canas, desapareció.
Buscamos por tierra, mar y aire pero sólo pudimos seguir su pista hasta el edificio España. Allí el ascensorista nos aseguró que la había elevado hasta la última planta y supuso que había descendido por la escalera.
Jamás bajó. No encontramos ningún rastro; no ha bía denuncia de accidente alguno, ni carta de despedida… nada.
Desde entonces, cuando la echo de menos, miro a la luna y tengo la certeza inexplicable de que me observa desde allí. Luego, me acuesto tranquila, a lidiar con mis propios sueños.
desasosegada
Lo primero lo consiguió muchas veces, seguramente más de las pretendidas, pero lo de astronauta se puso francamente difícil, una vez que quedó patente su pánico a las alturas.
10 años tenía cuando el hombre llegó a la luna y mientras nuestra abuela aseguraba que todo era una trola, ella miraba hacia el satélite con fascinación creciente.
Terminó como controladora de vuelo, que fue la profesión más cercana al cielo que pudo conseguir, sin despegar un pie del suelo.
Un día, cuando ya todas peinábamos canas, desapareció.
Buscamos por tierra, mar y aire pero sólo pudimos seguir su pista hasta el edificio España. Allí el ascensorista nos aseguró que la había elevado hasta la última planta y supuso que había descendido por la escalera.
Jamás bajó. No encontramos ningún rastro; no ha bía denuncia de accidente alguno, ni carta de despedida… nada.
Desde entonces, cuando la echo de menos, miro a la luna y tengo la certeza inexplicable de que me observa desde allí. Luego, me acuesto tranquila, a lidiar con mis propios sueños.
desasosegada
Sin ventanas
Su casa era un agujero con gélidas paredes de tumba, no olía a muerto, era como una madriguera de lagartos que hubieran renegado del sol, para curarse el olfato.
Anabelmis
Anabelmis
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