Siempre había querido sorprenderla el día de su cumpleaños con algo especial, pero ya estaba todo inventado: flores, perfume, cena a la luz de las velas... Ese año se atrevería. A menudo, cuando pasaban por ese punto de la autovía, ella decía: "¡Qué romántico que alguien te declare su amor en un grafiti!". Había un paso elevado, y sobre el dintel, en letras garabateadas en negro, se leía: "Te kiero churri!". La ejecución premeditada de tan sublime acto le parecía digna de todo un héroe romántico. Se imaginaba cómo habría llegado allí, con el corazón agitado, a oscuras, en una noche de luna, por qué no. Entonces, sacaría su bote de spray y se colgaría de aquel puente decidido a firmar el manifiesto de amor más arrebatador de todos los tiempos. Al día siguiente, llevaría a pasear a "su churri" la peluquera en moto y, al pasar por allí, le diría: "Mira arriba". Ella se sonreiría y apretaría aún más contra el cuerpo de su valiente y romántico novi o. Y llegó la víspera. Compró un bote de spray, rojo pasión, se hizo con un arnés, esperó al anochecer: "Voy a por tabaco”. Y una vez allí, recordó que tenía miedo a las alturas. “Un fin de semana en un spa le gustará. Ya no somos unos niños".