miércoles, 17 de septiembre de 2014

Tras la batalla

Amanece en la ciudad.

Con ojos vidriosos contemplo incrédula las calles que ayer mismo lucían impolutas y ordenadas. Todo ha cambiado; una sola noche lo ha transformado todo.

Los parterres ayer cubiertos de hermosos pensamientos han sido pisoteados, bolas de serpentinas enredadas con vasos de plástico bailan al compás de la brisa de la aurora.

De cuando en vez sombras oscilantes atraviesan la calle; acá un diablo con el rabo entre las piernas, allá tres princesas de rimel corrido y acullá un drácula de un solo colmillo.

Yo me apresuro a regresar a casa intentando huir de la luz del sol que irremediablemente, mostrará la descarnada realidad; los despojos de la batalla.

Pronto saldrán las flotillas de limpieza que armadas de carros, mangueras y cepillos, lograrán que a la hora de la misa mayor, todo esté en su sitio.

Y justo en ese momento se producirá el cambio de turno; mientras el ejército de la noche duerme, las tropas diurnas, acicaladas para el vermú, tomaran las calles del centro.

Y así, la ciudad comenzará otra batalla, pero esa es ya otra historia.



desasosegada

lunes, 15 de septiembre de 2014

A flor de piel

Ni su elegante vestido de tul con escote envolvente, ni su impecable moño simétrico al estilo griego. Ni su bouquet de hortensias moradas y rosas blancas, ni tan siquiera su fina estola de plumas de marabú.

Nada. Absolutamente nada de todo aquello me distrajo lo suficiente como para no advertir, con preocupación, que sus preciosos labios escarlata dudaron durante más de tres segundos antes de contestar aquel tímido: «Sí, quiero».

Miguel A Algarra (relatos en minúsculas)

domingo, 14 de septiembre de 2014

Ella

En el centro de la nada más regular, un destello veteado irrumpe, allí mismo, donde nacen los sentidos. Química surcando tormentas del sistema nervioso. Pierdo el control. Ya no gobierno mi propio cuerpo. Nunca imaginé que pudiera ser capaz de hacer ciertas cosas.

Creo que la he vuelto a ver. Aunque no está. Su olor característico está por todas partes. Incluso me atrevería a decir que mi saliva retiene el sabor de su cuerpo desnudo, entregado sin condiciones. Esa maravillosa criatura libre que necesitaba ser esclava unos minutos.

La primera vez... -todavía guardo ese trocito de inmortalidad envuelto en pequeñas dosis- me colonizó y, en las sucesivas y reiteradas batallas, -porque jamás fueron encuentros- me fue adquiriendo, sorbiendo como si de un elixir se tratara. No supe parar, no quise terminar.

Entré en un juego sin reglas, sin límites establecidos. Ella era el centro del mundo y sus rayos daban vida a todo lo que exponía. Empezaron a entra r más jugadores. Las combinaciones surgieron sin prever una falta de aire donde la elasticidad no encontró disfraz donde habitar.

Ella sigue intacta. En mi recuerdo, seguimos jugando. Los límites no se hacen preguntas. Morir y nacer el mismo día es la única forma de entender el sexo tras conocerla. Detrás de estos barrotes soy feliz. Fuera, no me espera nadie. Pronto nos reuniremos y seguiremos jugando, sin que nadie nos moleste. Esta vez, juntos... para siempre.

21

sábado, 13 de septiembre de 2014

Enséñanos la patita

-Enséñanos la patita por debajo de la puerta- dijeron los cabritillos.

Al ver que era blanca ya iban a abrir, pero el más pequeño dijo:

- ¿Y si se ha echado harina? Las apariencias engañan.

-Ya habló el listo -dijo el mayor, que era un mandón y además tenía celos de su hermanito-. ¿De dónde sacas esas teorías?

-De las novelas de Sherlock Holmes.

-Me revientan los intelectuales. Si jugases al fútbol como los demás en vez de perder el tiempo leyendo no dirías tantas tonterías.

El pequeñín insistió:

-Además esas pezuñas parecen de lobo, no de cabra.

-¡Vamos abrid ya mismo! A ver si aquí va mandar este enano.

Abrieron y el lobo se comió el primero al mayor, que estaba gordísimo de lo tragaldabas que era. El pequeñín, escondido en la caja del reloj, se frotaba las pezuñas:

-Je, je, ya te lo decía yo. ¡Elemental, querido Watson!



El Manco del Espanto

viernes, 12 de septiembre de 2014

De paso

Yo no soy el viento,

soy solo su rumor,

que silba al doblar la esquina.

Yo no soy el tiempo,

solo soy un momento,

que quedó prendido

en algún retazo de tu vida.

Yo solo soy el adiós,

una rápida despedida.

¿Pensarás alguna vez en mí?

Yo fui el que pasó.

Esa fragancia en tu cuerpo

es solo mía.

Yo soy como tú.

Un poco de fuego.

Y, luego,

ceniza.



Francisco Rodríguez Tejedor

CAZA DEL BECARIO

El reclamo para atraer al becario era jugoso: “Trabajo fijo con cuatro pagas extras”. En el coto, los becarios se cegaban ante la propuesta y batallaban por ser los primeros en alcanzar la inmejorable oferta.

Al otro lado de la zanja se guardaba un silencio expectante. Varios fusiles mantenían impoluto su cañón, pacientes, serviciales hasta llegado el momento. La mínima risa, el mínimo comentario sobre la juerga de la noche anterior, pondría sobre aviso a las presas, que desconfiarían y buscarían el refugio de un árbol o un barrizal.

Especuladores, hijos de grandes fortunas, hacían piña con el objetivo de reducir la sobrepoblación de titulados (“parásitos sin empleo que optan por llorarle a Papá Estado y, ¿adivinad de dónde saca el dinero Papá Estado?”) y, dada la coyuntura, abrir nuevas líneas de mercado. Aprovechaban para afinar el ingenio: “En la puja te falló la puntería”, “Te salió el tiro por la culata con aquel chino”.La “Caza del becario” estaba en auge y los responsables del negocio buscaban la innovación constante (I+D+i). Pese a todo, había que afianzar el reciente negocio y equipar a los tiradores con munición más letal. El estoque no terminaba cuajar.

Javier Sánchez Campos

jueves, 11 de septiembre de 2014

El regreso

Aunque la mañana es aún cálida, el color dorado que reina en el parque me llena de pesadumbre.

Resignada, cargando con mi pesada cartera recien estrenada avanzo hacia el sobrio edificio que nos espera con las puertas abiertas de par en par.

Desde todas las direcciones veo llegar presurosos a mis compañeros, perfectamente peinados y uniformados, listos para empezar el nuevo curso que se presume; largo, difícil y tedioso.

¡Que pena! Atrás queda un verano lleno de amigos y juegos, de baños y paseos; se extienden ante nosotros meses de largas sentadas escuchando peroratas interminables sobre temas aburridísimos que casi nunca logran interesarme.

En fin…para que vamos a darle más vueltas. ¡Valor!... entro y ocupo mi escaño, hoy da comienzo el periodo ordinario de sesiones del congreso de los diputados.



desasosegada

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Libre

Nunca pensó que seria como fué.

Cuando le dieron la noticia lo primero que se le ocurrió fué salir corriendo y gritarlo a los cuatro vientos. ¡ Soy libre...!

Pero solo ella lo sabía. Nadie se tenía que enterar.

El peso de su conciencia le pudo y se dirigió donde nunca tenía que haber ido.

Allí estaba su carcelero. Su amado torturador, el que le dió todo, y le quitó su más preciada intimidad. Tirado como una piltrafa, un cuerpo inerte, al que podia ultrajar y humillar como a ella le ocurriera tantas otras veces. Sinembargo le levantó como pudo y sin pensarlo dos veces se lo llevó donde siempre tenía que haber estado.

Acabó sus dias al lado de sus seres más queridos.

Y le llegó al fin su libertad.

Ánimas.

sábado, 6 de septiembre de 2014

La llave

El hombre toca el timbre. No sabe por qué.

Si esta mañana se dejó las llaves dentro. Se ha dado cuenta tras palparse

a conciencia los bolsillos.

Y toca, se dice de nuevo, sin saber por qué. El vive solo.

Pero alguien abre:

- ¿Qué quiere?

Es una chica joven y guapa. Rubia y minifaldera.

- Cómo que qué quiero. Es mi casa.

-Pues entre, no se quede ahí.

Y él entró.

Han pasado quince días y todavía no ha salido.

Tampoco quiere ir al cofrecito donde guarda las llaves.

Por si acaso.



Francisco Rodríguez Tejedor

viernes, 5 de septiembre de 2014

Un beso de gratitud

Micaela, que ya había cumplido los ochenta, pasaba grandes ratos con expresión meditabunda y nostálgica ante su vasta biblioteca. Ella, que nunca tuvo hijos, miraba a sus libros con la preocupación que una madre enferma observa a sus pequeños, pensando en qué sería de aquellos ejemplares cuando ella faltase. Esos libros a cuya lectura debía tantos viajes desprovista de maleta y equipaje. Ávida de saberes y sentires, sus ojos habían deambulado entre los textos como zahoríes en busca de las fuentes del conocimiento.

El día que Micaela barruntó cercana la muerte pidió a su asistenta que le pintara sus ajados labios de rojo carmín. Seguidamente ordenó que le acercase cada uno de aquellos viejos tomos. Con manos trémulas los fue abriendo uno a uno depositando un fervoroso beso en el interior de sus páginas, al tiempo que decía con voz queda y ojos llorosos “gracias compañero”, en un íntimo acto de gratitud y despedida. Esos libros habían llenado de plenitud su larga vida aferrada a una silla de ruedas.

Juana Mª Igarreta