El brujo clavaba con saña los alfileres sobre el cuerpo blando y lacio de la muñeca cuando ésta, tornando la inexpresividad de sus ojos en un odioso fulgor, le escupió en la cara antes de volver a su impávido letargo. Aterrado, el hechicero retrocedió unos pasos mientras pensaba que la víctima de su maldición, a su vez, lo había maldecido.
Saryle
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