martes, 9 de abril de 2013

Horizonte

Llegas al final de la cuesta y aparcas la moto en el arcén. La dejas ronroneando con suave pereza, como una caliente gatita mecánica. Contemplas la carretera, que ahora desciende en línea recta, buscando el horizonte para partirlo en dos. Buscas los cigarrillos que escondiste y fumas mientras la tira de asfalto parece moverse y oscilar entre una calina fantasmal. Quisieras rodar, dejar que el viento extirpe viejos lastres, dar gas a fondo y buscar a toda velocidad esa línea en el confín del mundo, sabiendo que el camino es tu destino. Te interrumpe el sonido del móvil. Sí, ya vuelves. Sí, comprarás pan y recogerás la comida en el asador. Sí, llamarás al señor Giménez, del bufete. Tiras la colilla al suelo, le echas un último vistazo al horizonte y diriges tu viejo, cansado cuerpo hacia la moto, mientras intentas sacarte con el dorso de las manos la arenilla que te ha provocado la humedad de los ojos.

Hank66

Certezas

-Resumiendo, usted cree que su mujer tiene un amante y que han planeado su muerte para quedarse con su dinero... -me repantigué en el sillón y contemplé al manojo de nervios humano que tenía delante. -Exacto. Y quiero que lo investigue. Un amigo de confianza me dijo que era usted el mejor. -Bueno, tanto como el mejor... Eso sí, ya puedo adelantarle algo. -¿Cómo? Si ni siquiera le he dado las fotos, la información... -Lo sé, pero aún y así le puedo adelantar tres cosas. Una, es cierto que su mujer tiene un amante. Dos, sí, quieren matarle. Tres, ese amigo no es de confianza. -¿A qué se refiere? ¿Qué quiere decir? -el hombre sudaba copiosamente. -Pues, sencillamente, que un amigo de confianza no le hubiera enviado a usted a unas oficinas deshabitadas donde nadie podrá escuchar nada... El hombre comprendió. Abrió la boca e inició el gesto de gritar, mientras yo metía la mano en el cajón del escritorio.

Hank66

El rencoroso

¿Que por qué le llamaban “el rencoroso”? Bueno, te contaré algo, al fin y al cabo el tío ya está muerto... ¡Sam, dos copas más! Verás, una vez estábamos en alta mar, lejos de la costa. Era un sitio que el jefe tenía anotado en sus cartas de navegación. Los chicos y yo le estábamos cubriendo de cemento los pies a un pringado. El tío lloraba y gritaba que no había hecho nada. Lo de siempre... Cuando estuvo listo se lo llevamos al jefe. La verdad es que el tío pesaba como el muerto en el que estaba a punto de convertirse. El jefe le puso un vídeo. Se veía a un niño gordito en una carrera. Los demás niños le empujaban y se reían de él. El pobre capullo se quedó alucinado. Al final pudo hablar, medio lloriqueando: “¡Era un niño! ¡Lo siento! ¡Los demás también te empujaron!” Y el cabrón del “rencoroso”, sin inmutarse, nos hizo la señal para echarlo por la borda mientras le decía: “Sí, lo sé, te esperan abajo”.

Hank66

lunes, 8 de abril de 2013

Celia en el colegio

Terminadas las clases, Doña Úrsula continuaba en el aula corrigiendo ejercicios. De pronto se retorció en su asiento y estalló en estruendosas carcajadas. Cuando el director abrió la puerta la encontró en el suelo, presa de fuertes convulsiones, con la falda en la cintura, las gruesas piernas pateando al aire y sin poder parar de reír. En otra zona de la ciudad, Celia, de 7 años, permanecía encerrada en la biblioteca de su padre. Estaba castigada por causa de una nota que decía: “Sobresaliente en lectura, pero cero en conducta. Firmado: Doña Úrsula”. Un libro abierto, titulado “Vudú para principiantes”, reposaba en la penumbra, cerca de la niña, la cual tenía en brazos a su muñeca y frotaba con una pluma el pie descalzo de ésta. Mirándola y emulando sus ojos vacíos, silabeó con voz cavernosa, impropia de su edad: “¿Has visto lo que ha hecho la cochina de tu alumna?”.

El Manco del Espanto

sábado, 6 de abril de 2013

Requiescat in pace

Párpados cerrados, oídos taponados, mitigadas al mínimo toda percepción táctil, térmica y nociceptiva. El cuerpo, caja hermética donde resuenan y vagan ideas preformadas, trayectos de ángulos y vectores declinantes hacia el reposo y silencio. Nada perturba mi irreal paz interior.



jueves, 4 de abril de 2013

Un admirador de Poe

Dos cosas me definen: mi afición a la literatura truculenta, especialmente Poe, y mi carácter supersticioso. Por esto último, el que mi mujer adoptase un gato negro, al que además llamaba Romeo, fue la gota que colmó nuestras desavenencias. Hartazgo y locura unidos me hicieron maquinar la eliminación y emparedamiento de mi media naranja. No obstante, prevenido por mis lecturas –y aun dirán que la literatura es inútil- decidí liquidar antes al gato. Pero quise hacerlo literariamente, así que lo mandé disecar y lo emparedé con su dueña. Querías gato, pues toma gato, pensaba mientras levantaba el muro. Mas, ay, esa noche unos espeluznantes maullidos lastimeros pusieron en pie a la vecindad. Cuando la policía descubrió el cadáver había además una gatita blanca frotándose contra Romeo. “¡Si es Julieta!”, exclamó una vecina. Al parecer los animales eran uña y carne. Y es que los designios de la literatura son inescrutables.

El Manco del Espanto

Era una santa

La tía Narcisa era una santa, eso no lo discutía nadie. Un ser bondadoso y apacible hasta decir basta. Pero una cosa es ser una santa en sentido figurado y otra cosa es que en las fotos su cabeza apareciese siempre rodeada de un halo, como los santos de verdad. Las fotos de la tía Narcisa parecían cuadros de Fray Angélico. Los más descreídos de la familia siempre encontraban un pretexto: que si un efecto de contraluz, que si el crepúsculo… Cuando nos congregamos en torno a su lecho de muerte hasta se habían cruzado apuestas. Al exhalar su último aliento, todos contuvimos el nuestro. Cuando empezó a elevarse sobre la cama entre acordes de pífanos y coros de serafines hubo quien se desmayó y otros caímos de rodillas. Con excepción del tío Gerardo, el ludópata de la familia, que tirando de mi manga susurró discretamente: “Toma, tus doscientos euros”.

El Manco del Espanto

martes, 2 de abril de 2013

La mancha

La tarde lluviosa invitaba a quedarse en casa, así que dediqué parte de ella a escanear viejas fotos para archivarlas en mi PC. Siguiendo un orden preestablecido, seleccioné el álbum donde guardaba las instantáneas que tomé en aquel viaje a Francia en el verano de 1973. A medida que progresaba mi trabajo, iba recreándome en las imágenes: Hugo con su pelo afro y yo con una larga melena, en un camping; los dos con Marie y Sylvie, dos francesas que conocimos haciendo auto-stop; las típicas fotos en París delante de la torre Eiffel, en un puente sobre el Sena... pero al pasar una de las páginas del álbum, observé que faltaba una foto y su lugar lo ocupaba una mancha grasienta. Escaneé de todas formas la hoja completa y el hueco manchado se reveló en el ordenador como una espléndida foto en la que yo posaba en la puerta de un cine parisino, cuya cartelera advertía el título de la película: “El último tango en París”. Pero no estaba sólo. Dos siluetas que pude identificar, me rodeaban: Marlon Brando pasándome un brazo por el hombro y María Schneider mirándome sonriente. Haciendo zoom, pude ver otra figura desdibujada detrás de nosotros: Bertolucci provocando una "peineta" con su mano.

country49

Contingencias vernales

El jardín rebosaba de combinaciones multicolores con perfumes de rosa, aromas de jazmín y efluvios de azahar, con tal densidad que haría enloquecer a poetas sensibles. Por suerte, su anosmia le protegía de esa eventualidad. Con la ventaja añadida de disfrutar de una visión en estricto blanco y negro.



Tragicomedia

Todos los actores deseábamos, pero también temíamos, trabajar con aquel director de escena. Era una original y pintoresca celebridad internacional, capaz de vestir a Medea de astronauta o de hacer que Otelo trabajase en una mina de carbón. Sólo dirigía tragedias, lo cual concordaba con su ácido carácter. Se sabía que era irrespetuoso y despótico, pero me sentí afortunado cuando me llamó para una prueba. Únicamente estábamos él y yo, disfrazado de bailarina y con un orinal en la mano. Las rodillas me temblaban cuando, con un hilo de voz, declamé el conocido “ser o no ser”. No me extrañó que estallase en carcajadas, aunque me pareció excesivo que se prolongasen más de diez minutos, y me alarmé cuando le vi amoratado e incapaz de respirar. Le diagnosticaron fallecimiento por apoplejía. En el ataúd todavía sonreía de oreja a oreja. Y pensar que aquel hombre detestaba los finales felices. El Manco del Espanto

El Manco de Espanto