Celebraba cada día de su vida. Se despertaba con la ilusión a flor de piel y con nuevos proyectos que lo impulsaban a continuar trabajando. A la hora de la comida, su mesa rebosaba de alimentos que compartía con familia y amigos, disfrutando del precioso regalo de ser arropado por la gente que amaba. Sin embargo, en sus cumpleaños se deprimía. Se encerraba en la reveladora soledad del baño y allí, frente al espejo, despotricaba por cada nueva cana y arruga que se había atrevido a tildarlo de viejo.
Saryle
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