Cuando la piqueta penetró solo salió un chorro de polvo. Se
oyó un aleteo de invisible jilguero con alas de cristal.
Cuatro huesos apoyados en la pared cayeron por fin vomitando su último estertor.
Y nada más. Solo kilos de soledad, tantos como años de olvido.
Dentro de aquella pared, ellos y sus dos hijos. Sin poderse abrazar ante la muerte, ni arrodillarse para rezar.
Y, luego, solo polvo. Y silencio. Envueltos en la tela de araña que teje el olvido.
Gabriel Palafox
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oyó un aleteo de invisible jilguero con alas de cristal.
Cuatro huesos apoyados en la pared cayeron por fin vomitando su último estertor.
Y nada más. Solo kilos de soledad, tantos como años de olvido.
Dentro de aquella pared, ellos y sus dos hijos. Sin poderse abrazar ante la muerte, ni arrodillarse para rezar.
Y, luego, solo polvo. Y silencio. Envueltos en la tela de araña que teje el olvido.
Gabriel Palafox
