Ella se encontraba de pie junto a la ventana; sus dedos daban golpecitos nerviosos en el alféizar mientras sus pensamientos saltaban como langostas hacia el vasto jardín. Sorbía el aire despacio, inspirando el frescor de la mañana empapado en el aroma de las flores. Él se acercó con su ritmo particular de pantuflas y bastón y, tembloroso, la tomó del brazo. Juntos caminaron por los pasillos hasta llegar al patio. Allí aguardaron sentados en un banco hasta ver las rejas entreabiertas y, pasito a pasito, se fugaron de la residencia.
Saryle
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