La encontró en un bar. Sara seguía siendo la más guapa, el regalo de los dioses con el que él jugó durante un tiempo para luego romperlo y olvidarlo en un rincón. Ella no habló, no escuchó sus torpes excusas. Se sumergieron en un remolino de luces, música y alcohol cada vez más hipnótico. Cerró los ojos, aturdido, y la música cesó. Las manos de Sara se entrelazaban en su nuca. Algo comenzó a gotear de las muñecas de la mujer, resbalando por su cuello. Abrió los ojos. Sara ya no era la más guapa.
Hank66
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